Opinión | ¿Lo que una estatua no puede resolver?

Por Carlos E. Martínez

¿Por qué seguimos siendo tan estúpidos? En momentos de alegría o calma, llego a pensar que las personas somos inteligentes, cada quien a su modo. Distraídos a momentos, por supuesto; cobardes, en ocasiones; y mentirosos por conveniencia, pero al fin y al cabo: inteligentes. Aunque, lo que sucedió hace unos días, hizo que mis creencias explotaran en la cara y me hizo pensar que, quizás, además de estúpidos, somos sumisos. Me incluyo.

Estúpido: Que muestra torpeza o falta de entendimiento para comprender las cosas. Sumiso: Que se somete y se deja dominar por la fuerza de las circunstancias o por otras personas aceptando, sin cuestionarlos, su autoridad y su voluntad. Nada más poético que ser sumiso ante la estupidez, ajena y propia.

Caminaba rumbo al transporte público. Aunque prefiero estar en casa, hay días que tengo que asistir a la oficina. Una parte de mí lo ha aceptado, la otra insiste en levantarse al límite de la hora: solo darme el tiempo justo para bañarme, cambiarme, echar cosas en la mochila, correr durante tres minutos y tomar el taxi. Sin embargo, ese día fui más rápido que yo y me dio tiempo de parar a comprar unos burritos. De esos que se venden en puestos callejeros que tienen mantas amarillas, que han invadido toda la ciudad.

Quien los vendía calculo que tenía mi edad. Un hombre que probablemente ya se encontraba cerca de los cincuenta trataba de hacerla reír y quizás proponer algo.

Dame un vaso de avena, tres de machaca y uno de chicharrón, es que mi mujer no me hizo nada hoy; seguro tú no mandarías a tu novio con el estómago vacío.

Hizo una mueca tan inexpresiva que me hizo sentir incómodo por los comentarios de ese sujeto, pero que ya ni siquiera le daba importancia, como que estaba acostumbrada (o resignada) a ese tipo de trato y yo comenzaba a cavilar sobre por qué alguien andaría con pestañas postizas a las ocho de la mañana. Al momento me reprimí pensando “a mí qué me importa”; mas ya lo había pensado.

La fila de taxis rojos tocaban el claxon, el jalador buscaba “convencer” a los transeúntes a abordar la unidad. Entre el sonido y los gritos, la mujer metía los alimentos en bolsas. Como soy un ideático, ensayaba mentalmente la forma de hacer el pedido; pero cometí el error de mirar hacía abajo.

Nuevas ideas llegaron ante esa escena que no duró más de quince segundos. Sentada en la banqueta, una niña, morena, de unos diez años, con un vestido de manta azul, sostenía en la mano derecha tres pelotas (supongo que su acto es hacer malabares) y, en la izquierda, apretaba una torta que ya había sido mordida.

No me sorprendió su color de piel, ni su vestimenta de indígena. Lo que me atrajo la atención fueron sus ojos, tenía las ojeras más prominentes que haya visto. Parecía la mirada de una persona anciana que ya lo ha visto y vivido todo. Es probable que esta niña también haya visto y vivido todo lo malo que puede suceder.

Como si la realidad estuviera anteponiendose a mis pensamientos, del estacionamiento aparecieron dos niñas más. La más pequeña, quizás cuatro años, vestida de amarillo y otra, un poco más grande, de blanco. Sostenían pelotas y no tenían marcas en el rostro. Nos abordaron al señor y a mí, que si les compramos un agua, dijeron. El señor dijo que no. Es probable que yo también dijera un abierto no, o que solo la ignorara. No lo recuerdo.

Me quedé absortó con el niño que venía detrás de ellas. Vestía zapatos negros, una camiseta de vestir dorada abierta de los tres botones superiores, un bolso bandolera y un corte de cabello rapado a los lados. Por mera suposición, él debió ser el de enmedio, no era mayor que la del vestido azul ni tampoco tan pequeño como la de amarillo; sin embargo se notaba que él estaba al mando. Solo de escucharlo, la niña de la torta bajo la mirada.


¡Oye tú! ¡Oye tú! ¡Oye tú! Te estoy hablando chingado.
¿Qué quieres?
¿Tú le diste la torta?
No. Se la compró un muchacho.
¿Para dónde se fue?
No sé, para allá.
¿Para allá dónde?
No sé.
No le des comida a esta niña sin preguntarme, que anda muy huevona.
¿Qué vas a querer muchacho?, me dijo la chica después de haber despachado al señor.

Le pregunté que de cuáles guisados tenía. En todos los lugares de burritos venden los mismos, no le pedí que me los dijera para saber sino que necesitaba escuchar algo diferente, algo que fuera un cable a tierra del cual tirar para salir de mis cavilaciones que una escena tan corta había provocado.

Dame tres de chicharrón.

Cruce la calle, di una mirada hacia atrás y vi como la niña seguía sentada, con la mirada perdida y sin su torta. A unos pasos, ese proxeneta miniatura estaba desayunando. Podía ver el taxi, ya le había hecho la parada. Mi último pensamiento antes de abordar fue: ¿Tiene sentido una estatua de una mujer indígena entonces o solo somos sumisos ante la estupidez?

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