Por Carlos Ernesto Martínez
Cuando era más joven, niño de hecho, tenía afición por las revistas Club Nintendo, las cuales eran una publicación mensual en donde se presentaban diferentes artículos sobre juegos de Nintendo, obvio. Recuerdo que comencé a comprarlas cuando tuve el Game Cube, y un Game boy advance, de ahí pasé al Wii y en consolas portátiles llegué hasta la Nintendo 3DS.
Mi mamá o mi abuela eran quienes me las compraban, no puedo recordar exactamente en que año dejé las consolas de Nintendo y de adquirir las revistas; supongo que habrá sido alrededor del 2008-09. Pero, si recuerdo que cada mes leía los artículos de los nuevos juegos, cómo resolver ciertos acertijos, atajos, próximos lanzamientos, reseñas, entre otras cosas que era el contenido. Sin embargo, cosa curiosa, es que la gran mayoría de las cosas que leí eran sobre videojuegos que no tenía y no iba a tener.
Solo, con la mentalidad de un niño, me gustaba leer eso y sentirme parte de Nintendo, y estar enterado del momento de los videojuegos. Podía ir a GameStop, EBGames, KB Toys, Target o Walmart, y sentir una especie de alegría al ver los cassettes o discos de los juegos que había leído. No los iba a tener, primordialmente porque tampoco me interesaba tenerlos; los juegos que me llamaban la atención eran otros y, pues, esos casi no los mencionaban en las revistas o solo les destinaban un cuadro muy pequeño de la página.
Ahora, al mirar atrás, no entiendo el porqué hacía a mi madre o abuela comprarme esas revistas, baratas no eran, y sé que ellas lo hacían por verme feliz y contento pero ¿en dónde radica la felicidad de comprar algo que solo nos permite dar un vistazo a algo que no vamos a tener?
Pienso, rastreando en mi memoria que se congela de frío, en las pláticas de primaria o secundaria sobre videojuegos, y muchos de aquellos juegos comentados los podía mencionar como si en verdad los hubiera tenido. No fue hasta los 13 años que jugué el Mario 64 y en su versión para Nintendo DS. Y sin embargo, pues, aparentaba muy bien y me permitían seguir participando en la charla, pertenecer a ese momento.
No creo que si hubiera dicho que no lo había jugado me hubieran dejado de hablar pero, en definitiva, no iban a cambiar el tema de la conversación por eso y quería excluído por ese momento de la dinámica de grupo. Así que pienso que mi afición a las revistas de videojuegos se veía recompensada a través de la pertenencia de grupo. Evidentemente no era consciente de eso cuando era niño pero, ¿es algo que se limita solo a esa edad?
Creo que no. Me explico. Cuando uno llega a cierta edad ve que el mundo se abre y nos llega el eslogan de Barbie: “Sé lo que quieras ser”. Pero, vamos, es difícil saber qué quiere ser uno y cómo manifestar eso que uno es. Ropa, música, lecturas, series, películas, etcétera, van siendo cuestiones que uno adopta como elementos del ser que uno es o que siente que es.
Pero, ¿qué pasa cuando esas cosas y otras herramientas que usamos tienen un valor jerarquizado para la sociedad?. Por ejemplo, no es lo mismo ir en un BMW M4 convertible que en un Nissan March, suponiendo que ambos son del años, entre el primero y el segundo hay una diferencia de precio de un millón y medio de pesos. Que para moverse en una ciudad como Tijuana, con tanto caos y malas vialidades, pues, en un sentido práctico, ambos funcionan para lo mismo y sufren el mismo tráfico, pero las personas uno tiene más valor que el otro y establecen también un valor a las personas que van dentro de él.
Entonces, es “natural”, que las personas quieran pertenecer y formar parte de esos grupos que tienen “más valor”; en parte, no sé si de forma malvada o no, Nintendo a través de sus revistas buscaba formar aún más la identidad de sus jugadores/consumidores para hacerlos fiel a la marca. Quizás uno como niño no tenía tantas aspiraciones y solo buscaba la inmediatez y al demonio el mundo.
Sin embargo, hoy en día, me resulta tan extraño ver a gente que compra lentes, chamarras o perfumes marca Ferrari cuando en la perra vida les va a alcanzar para comprar un automóvil de dicha marca. No digo que esté mal aspirar a algo, lo que sea, pero grandes compañías están conscientes de que su mercado de su producto estrella no es tan amplio pero que habría una gran masa de personas que estarían dispuestas a pagar mucho menos por sentir un pequeño vistazo de ese mundo. Por sentir que pertenecen a un grupo que está por encima de su realidad. Porque quizás sí, en efecto, nunca vayan a pertenecer al “grupo real”, pero se juntarán con gente, armarán su grupo de personas afines y construirán un discurso, una meta-realidad, que los haga sentirse por encima.
Pero no creo tampoco que esto solo sea algo exclusivo de las compañías o marcas, sino que incluso está ocurriendo algo similar con las ideologías. Pareciera que todo se ha tornado demasiado dicotómico, si no estás conmigo eres mi enemigo. Y se cierra la posibilidad del diálogo. Pero se acepta la ideología sin cuestionar, si reparar las implicaciones, de lo personal es político pareciera que solo nos hemos quedado en lo personal.
Quizás, solo quizás, en el fondo, la soledad es canija y sentirse alienado o simplemente la sensación de sentir que no pertenecemos a algún sitio, pues, nos hace emprender acciones que, vaya, nos da ese sentido de pertenencia tan preciado que hace que nuestro barco flote cada día y nos hace levantarnos porque hay algo, en algún lado, que nos aguarda.
