Por José Nava
Hace ya algunas lunas, cuando era estudiante universitario, alguien me dijo, «tú sólo coloca la mano en los libros y ellos te encontrarán».
Antier por la tarde tocó ir a surtir la lista de «útiles» de mi «chavalo», para lo cual, había que dirigirse al famoso, oloroso y caótico «Centro» de Tijuana; para mí el «Centro» de Tijuana son las calles que están «arriba» de la Avenida Revolución. Sin embargo, para los que quieran una explicación geográfica y saber qué calles lo conforman, además de conocer algunos detalles interesantes de él, les puede ser de mucha utilidad, (para mí lo fue), consultar el libro, Zona Centro de Tijuana. Paisaje e imaginario urbano de Christian Moisés Zúñiga Méndez.

Llegamos al «Centro», encontramos un «parking» de varios pisos sobre la Calle Tercera, muy cerca de la «Dax del Centro», lugar que funge como punto de encuentro para muchos tijuanenses. Este lugar es usado por artistas urbanos: cantantes, raperos y jóvenes que tocan algún instrumento acústico; reclutadores del ejército, mendigos que piden dádivas y micro negocios que ofrecen de todo, desde revistas, libros, accesorios para celulares, hasta bolsas con verduras y algunas prendas y «cosas» de segunda mano; el olor ahí, justo en esa esquina, es muy peculiar, es una extraña combinación de “smog” y olor a alcantarilla (los de acá saben de qué les hablo); lo que se escucha también es muy diverso, es como una capirotada y sus ingredientes son: el claxon de los carros, el rugir de los motores de las «burras», el rechinido de las llantas o, como también le decimos, «el quemadero de llantas» de los taxis que circulan por esta zona y, como un toque especial, está el parloteo de la gente que espera que “cambie” el semáforo para poder cruzar a la acera de enfrente: se escuchan conversaciones de todo tipo. Los semblantes de las personas, que ansiosas esperan que cambie de color la luz de semáforo, o que se «pinte el monito», expresan desde preocupación, felicidad, ansiedad, enojo, o simple distracción. Al ponerse el «monito», que simula caminar, aquellos transeúntes, cual marabunta, avanzan azarosos para atravesar la avenida y seguir hacia su destino dejando en el aire una estela de sus emociones que se mezcla con los olores del «Centro».
Salimos del «parking», y nos dirigimos a la «Parisina del Centro», (otro conocido negocio de telas, muy concurrido de esta fronteriza ciudad, sobre todo en las fechas importantes que marca el calendario escolar de la SEP y en Navidad: ¡es la locura!); se encuentra en la, como dice mi madre, “meritita esquina” que se forma entre la Calle Tercera y la Avenida Niños Héroes. Entramos en aquel lugar lleno de rollos de telas, que, por su posición, me dio la impresión de que estaba viendo figuras fantasmagóricas, de esas que aparecían en las caricaturas que miraba en el «Canal Seis» de Fox, o el 51 de KUSI. Poco encontramos ahí, sin embargo, nos pasó lo que a muchos: vas por papel «contac» y sales de la tienda con dos metros de plástico para mantel y un tapete, porque «estaban baratos». De ahí nos dirigimos a (algunos van a adivinar), así es, a la «Mónerick del Centro», que es una de las papelerías más conocidas de la joven «Tj». Como yo llevaba cargando el papel «contac», decidí quedarme afuera, pues como ahí también venden ese producto, pensé, no vayan a decir que me lo «apañe» de ahí, y entonces si se me arma. Mientras esperaba a que mi esposa revisará los útiles, observaba el ir y venir de la gente que, por cierto, era muy diferente al que se da en la «Dax del Centro»; de pronto pasó cerca de mí una pareja de jóvenes, una chica y un chico, calculo que tenían entre 20 y 25 años (¡juventud, divino tesoro!); ambos iban sonriendo, ella, se miraba más feliz que él, su sonrisa era más resplandeciente, y observé, que llevaba sostenido contra su pecho un libro, del cual, solo pude ver el lomo; imaginé que la sonrisa de la joven era porque que había encontrado el libro que, ¡por mucho tiempo! había buscado, bueno eso imaginé, ya que la forma en que sostenía aquel libro y sonreía a la vez, así me lo indicaba, ¡se miraba muy contenta con aquel ejemplar en sus manos! Otra cosa que llamó mi atención, fue el lugar de donde salieron: justo a un lado de la «Mónerick del Centro», hay un pasaje estrecho y largo, me asomé y vi dos letreros de color amarillo, uno decía «imprenta» y, con una flecha, indicaba donde se encontraba; el otro letrero está colgado como a la mitad del pasillo, a leguas se ve que lleva algo de tiempo ahí y que ha sido víctima de las inclemencias del clima; de pronto, pensé en él como un «atrapa sueños», pero, realmente es un «atrapa lectores», es un artilugio que te hipnotiza con palabras como: libros, raros, nuevos, usados, jazz, historia, arte; y aunado a esto, el aspecto del letrero también hace su hechizo: el polvo que lo recubre, el deterioro por el paso del tiempo y su marchitez, me hizo pensar y sentir, de manera muy infantil e inocente, que había encontrado un lugar mágico y misterioso, al cual sólo se puede acceder, después de sortear un sinnúmero de acertijos y descubrir mensajes ocultos en los recovecos de esta ciudad, olvidad de la mano de Dios (¡Mi tijuanita, no te acabes!) Mi alma se sentía impaciente, la curiosidad (que mató al gato) recorría mi cuerpo como un calambre que me paralizaba, pero a la vez, inducía a adentrarme por aquel pasillo.

Para mi fortuna, mi esposa salió, de la «Mónerick…», eso me sacó un poco del trance en el que me encontraba; la expresión de su cara me indicó que ahí, definitivamente, no compraríamos los útiles. Le dije: mira, ahí dice que hay una librería, vamos a entrar a ver qué hay, ¿no?, aunque mi voz mostraba serenidad y algo de desinterés, por dentro me sentía ansioso. Empezamos a caminar por el pasillo, unos metros adelante encontramos dos puertas, una de metal que, amarrada con un lazo a la pared, se mantenía abierta, y una de cristal con las orillas de madera que estaba cerrada; no hay timbre, pero sí una vieja y pequeña campana con un lazo o cordón para que la hagas sonar y abran la puerta. El lugar es pequeño, modesto y tupido de libros, ¡hasta en el piso hay!: ojos, manos y cerebro me hicieron falta para revisar todo lo que se encuentra ahí, me sentí como «perro en el periférico», sin saber para dónde voltear, ¡era maravilloso! No cuenta con un sistema de administración de libros, ¡no hay catálogo! Lo cual le ponía el plus a la experiencia de buscador de tesoros perdidos, es decir, de ediciones raras de conseguir (hay que hacerle a la Indiana Jones) ¡era alucinante! Lo que para mí tienen de especial las librerías de viejo o de «segunda lectura», es, primero, que no se sabe qué puedes encontrar en ellas y segundo, que uno se empalaga imaginando todas las historias que en ellas se guardan. Al estar frente a libros “usados”, siempre me surgen preguntas como: ¿en dónde estuvieron antes?, ¿quién fue su primer lector? ¿cómo fue que llegaron ahí? A veces, con un poco de suerte, se puede encontrar, dentro de alguno de ellos, una nota, carta o mensaje de amor, la lista del mandado, de útiles escolares, una dedicatoria extraña, o encontrarse, porqué no, un dinerito.
No tenía mucho tiempo, pues el objetivo de aquella salida no era la de ir a buscar un libro sino la de surtir la tediosa «lista de la escuela»; además, de mi esposa, me acompañaba mi hijo, que es «muyyyy inquieto» y no comprendía el frenesí en el que su padre se encontraba; por lo que empecé a revisar los títulos de los libros lo más rápido que podía; la verdad es que no conozco muchos escritores, pero tenía algunos en mente, mis ojos se toparon con nombres como Mario Benedetti, Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, José Martí, eran demasiados; como no me decidía por alguno, y a mis oídos empezaban a llegar las palabras incesantes de mi hijo, cual tintineo de campana, de «ya nos vamos papá», «te falta mucho papá», «ya me quiero ir»; de pronto recordé, lo que alguien me dijo hace años, «los libros te encuentran, sólo pasa la mano por ellos y el que es para ti, te encontrará» y ya con las «prisas» encima, que pongo en práctica aquel consejo. El sortilegio no tardó en surtir efecto, al cabo de unos minutos, mi mano se detuvo en un pequeño libro de lomo gris y blanco, acerque mi mirada y ahí estaba, justo el libro que andaba buscando, una gran sonrisa, como la de la joven que había visto afuera de la papelería, se me dibujó en el rostro… ¡te encontré! ¡te iras conmigo! En la portada de aquel libro aparece la foto del autor que, con una mirada y sonrisa burlona, pareciera que te dice, «caíste pequeño incauto».
Salí muy feliz de aquel mágico lugar, con mi libro presionado al pecho; tal gozo aún me acompaña y me motivó a compartir esa experiencia.

Si andan por el «Centro», y les gusta la lectura, visiten esa librería.
P.D. Por si estaban con el pendiente, sí compramos las «cosas» de mi hijo en la Dax, pero en la otra Dax, en la que está entre la Calle Segunda y Tercera, sobre la Avenida Niños Héroes. Para no dejar cabos sueltos, o preguntas sin responder, les comparto algunas fotos.
