Opinión | El Gran Patriarca

Anónimo

La institución norteña ha perdido a su fundador, al hombre que tenía muy clara la idea de que esto, la institución, no era solamente una mezcla de cemento y varilla, que albergaba a unos señores que trabajaban leyendo libros y en ratos, escribiéndolos; no es un lugar en donde los empleados eran simplemente personas que estaban ahí para servirle a alguien, sino que eran personas como cualquier otra, con problemas y necesidades; personas que él consideraba familia: cualquiera se podía acercar a él para platicar de algún problema, personal o laboral; él más que el “jefe”, era el amigo.

Dicen los que lo conocieron que más allá de ser una eminencia en su vida académica, era “buena persona”, no miraba a sus colaboradores por encima del hombro como actualmente lo hacen muchos, que bajo el cobijo de mil doscientos treinta y cinco doctorados, posdoctorados y reconocimientos internacionales, tratan a sus colaboradores como sus vasallos, sintiendo que, todos aquellos reconocimientos académicos, les dan derechos sobre la vida del “otro” que no los tiene, convirtiendo esa relación laboral en un acoso al cual ahora se le conoce como “mobbing”.

Él era ejemplo de cortesía y buen trato; saludaba con la misma sonrisa al académico, al funcionario público de alto rango, a la joven de limpieza y hasta al hombre invisible que vende los libros (aquel que alguna vez, uno de “esos” que se considera “intocable”, lo llamó esclavo”)

No dudo de que él tuviera un lado oscuro, ¿quién no lo tiene?, “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra…”, pero su carácter afable y jovial lo precede más que sus posibles exabruptos y que sus logros académicos. Ahora, como dicen por ahí, los tíos se pelean la herencia, (cosa que sucede cada cuatro años…).

La H institución ha venido a menos, no siempre por los “encargados” de la misma, sino por las malas decisiones de los de “arriba”, de los “perrones”, de los que son dueños de los “billetes”…sin embargo, algunos camaradas que aún laboran en aquel lugar  lleno de cultos y profundos, son de la vieja escuela, esa que ha dejado él y siguen con el espíritu de que este centro de investigación fronterizo es una familia y tratan de promover esos valores entre todos nosotros, y sabemos que debemos de cuidar a la familia y lo que pasa en ella: la ropa sucia se lava en casa.

Hace casi un año partió su chofer, que lo acompañó muchísimos años, imagino que el dolor de ver partir a su confidente fue doloroso, ahora, a manera de cliché, estarán junto a Dios, reencontrándose con júbilo y felicidad, solo se han convertido en una partícula más de la “materia”.

Al entrar a la institución veremos la bandera a media asta; los más jóvenes no entenderán el significado pero los más viejos sí lo sabrán; entenderán y lamentarán su partida; muchos al verla, tendrán fresco el recuerdo en su memoria de aquella oficina que se encontraba en Abelardo, en la Zona Río, de esta polvosa Tijuana, en donde comenzó el sueño de esta gran casa de ciencia, que él cargó en hombros muchos años y que ahora, es un complejo académico de varios edificios y sedes regionales, que han sido visitadas por gentes de “renombre” como el Javier Bátiz…

Algunos de los afortunados que lo conocieron cuentan, como él tuvo que pagar sueldos de su bolsa con tal de no dejar “a su gente” sin su sueldo…otros tuvieron la satisfacción de escuchar de su boca cómo fue que cruzó el Bordo como un migrante indocumentado más, con tal de saber y vivir la experiencia de primera mano.

Imagino que vendrá una cascada de elogio y pésames, cosas que al final no son más que una corona de flores, pero al final, como versa aquella canción que interpreta Julio Iglesias: Al final las obras quedan, Las gentes se van, Otros que vienen las continuarán, La vida sigue igual, Buen viaje, estimado… Jorge A. Bustamante…

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