Opinión | El Panfleto Dadá | Sínodo del Terror

Por Gabriel Mendoza García

El Juez abandona sus aposentos, decidido a ser implacable ante el culpable. El jurado está compuesto por maridos que han usado sus puños para finiquitar una discusión, por maestros que han condecorado a sus alumnas con un lustroso diez a cambio de tener sus miembros llenos de sangre virginal, de novios que se dedican a la orfebrería de astas, de célibes que han decidido ignorar cualquier impulso hacia una mujer y, sobre todo, por sujetos que prefirieron persignarse ante Dios antes de matar. El abogado es también un hombre, un Doctor en Leyes que ama en secreto a su cliente, y que su único honorario será un buen polvo al concluir el juicio. ¿Quién está en la silla? Se preguntarán… Es un ser que murió hace días, cuya tumba fue profanada y su cadáver en proceso de descomposición apenas y se sostiene… Ah, sí, es una mujer.

Y yo soy un escritor hombre, conmovido por la introspección. Hoy no me atrevo a hablar de ellas, pero puedo reconocer que, como muchos otros, en algún momento hemos levantado el dedo para juzgar un cadáver, a alguien que no se puede defender, pues fue enterrada por el implacable y desapercibido patriarcado. Porque importa más el deseo propio, las “necesidades” que tiene un animal social, el simple y sencillo sueño de tener una musa. Hoy no se hablará de musas ni de deseos carnales. Hoy se habla de arrepentimiento y lealtad. Hoy he decidido pedir perdón.

A través de esta misiva quiero exponer mi verdad: yo he fallado muchas veces, he lastimado y he engañado. No sé cómo relacionarme de manera adecuada ante alguien que, si se me presentara desnuda, por propio convencimiento, yo no sería capaz de contenerme y ceder al deseo. No sé cómo ver con ojos que no sean de enamoramiento a una mujer. Y dentro de esto, hay millones de frases y sofismas que debemos asesinar: “los hombres no pueden tener amigas”, “a las viejas no hay que entenderlas, hay que amarlas” y ya no quiero mencionar diminutas ideas ramplonas y simplistas que son incapaces de definir a la maravillosa mente humana. Somos un aparato milagroso y es imposible reducirlo a conceptos machistas y pequeños. Y hoy deseo apartarme de ese círculo de los que expone la intimidad propia o de extraños. ¿Eso es ser un caballero? Nadie lo necesita más, nadie lo ha pedido. Lo único que me resta por hacer es ofrecer una disculpa plagada de arrepentimiento a aquellas que he ofendido y no he respetado.

Hoy no es un día de vitorear a un género sexual.

Hoy no es un día de felicitaciones.

Hoy no es un día para opinar sobre qué está bien o qué está mal en su movimiento.

Hoy es un día para pedir perdón,

Para enmendar,

Para rectificar,

Para ser mejores seres humanos.

El cuerpo sin vida se desploma del estrado. El Juez se sobresalta y le pide a los guardias que la vuelvan a colocar. No es momento para “berrinches” ni “desplantes”. Las mujeres y sus dramas. El jurado se ríe y el abogado se encoje de hombros. Mas nadie se atreve a levantarse de la audiencia y abrirse paso hasta el banquillo. Todos hemos abandonado ese cadáver que apenas y puede ser vislumbrado: hemos decidido no mirar los nombres en los muros: Susana, Estefanía, Lidia, Angélica, Rosa, María, Jessica, Lupita, Rosalba, Ana, Fernanda, Gabriela, Daniela, Concepción, Raquel, Virginia, Victoria, Esther, Teresa, Juana, Gloria, Montserrat, Sara, Irma, Inés, Leonor, Hilda, Marcela, Mónica, Beatriz, Amparo, Pamela, Michelle, Jacinta, Silvia, Alicia, Jaqueline, Elena, Rebeca, Perla, Nancy, Elizabeth, Blanca, Erika, Cristina, Karla, Larissa, Ivonne, Dalia, Esperanza, Bárbara, Araceli, Marisol, Magali, Mariana, Luz María, Martha, Alejandra, Graciela, Katia, Amanda, Tania, Yadira, Marimar, María del Carmen, Maricruz, Josefina, Shantal, Sharon, Romina, Regina, Soledad, Dolores, Flor, Paulina, Cecilia, Alma, Sofía, Johanna…

Tantos nombres que pesan sobre las conciencias de los hombres. Muchos de ellos ensombrecen mi culpa, mi mente, mi pasado y mi presente.

Pero no mi futuro.

Hoy quiero creer, que mañana habrá un mejor lugar para todos. Cada año que pasa, cada vuelta nueva al sol, la lucha no se detendrá y muchos decidirán seguir en el juicio perene. Yo no. Yo he decidido llegar al estrado, apartar a los guardias y al juez, y cargar el cadáver sobre mis hombros. Llevarlo a su mausoleo celestial y despedirlo con honores: NUNCA MÁS.

Nunca más ser indiferente.

Nunca más hacer de la vista gorda.

Nunca más levantar el dedo para decir idioteces.

Nunca más apartarme del lado de la bondad.

Nunca más estar orgulloso de ser hombre.

Y ES QUE NO HAY ORGULLO EN SERLO.

El verdadero orgullo debe provenir del fondo, del alma, de ser un buen humano, no de pertenecer a un género plagado de incongruencias y anomalías, de ideas, más que de empatía y sentimientos.

Hoy, me inclino ante ti y te ofrezco una disculpa por haber sido una mierda. Por decir lo que no debía decir. Por verte más allá de una amistad. Por querer intentar algo que nunca tuvo una pauta de tu parte. Hoy me rindo a la humildad y al camino de la congruencia. No más sombras. No más muerte. No más odio.

Hoy entierro a Gabriel en el cementerio de los imbéciles. Hoy renazco en el flujo de mi verdadera esencia, de ese que cuando nació se maravillaba con las hojas de un árbol meciéndose a merced del viento, y de una sonrisa sincera.

Hoy… Y siempre

Gabriel Liebenden

08/03/2021

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