Opinión | El Panfleto Dadá | Pasón de Pasión

Por Gabriel Mendoza García

Escribir sobre la nada se vuelve más difícil que afrontarla. Y heme aquí, en medio de nada y fuera de todo, apartado en el rincón de la habitación; cámara de nostalgias y anhelos. Sin una meta tangible, pero la esperanza arde en los vestigios del corazón. ¿Cuántas veces he de vivir lo mismo? He oído que sin dolor no sería lo mismo, pero ¿qué es lo que debo de soportar y para qué? Para llenar vacíos, tal vez. Ese profundo abismo desolador al que identifico como hogar. Las preguntas se apiñan sobre la mesa y no hay invitados para cenar. La muerte sólo sabe susurrar silencios, ya que sus motivos son vedados para aquellos que la anhelan… Ironía que florece en la duda y en las ganas de ser borrado de la existencia. Tormento que acrecienta su flama ante los que se jactan de deseos suicidas, pero nunca se atreverían. Para ellos solo queda el espejo: vil y traidor cómplice. El abrazo final huye en tanto uno acelera hacia él. Y cuando uno, al fin, se entrega a la plenitud de la vida, sorpresas oscuras se fraguan en el horizonte. Vida, estoy agotado de tus trampas e ironías. Tengo claro que soy el arquitecto de la derrota, el orfebre de la desgracia y el autor de mis propias esquelas. A veces no pienso, y me entrego sin miramientos al cálido cobijo de la pasión. ¿A dónde me has llevado, pasión? Puta cara y mediocre; la puta más puta de todas las putas. Si tan sólo fuera real que esa zorra traidora retribuye, pero la experiencia de vida es muy distinta. Mi existencia se resume a cubrir mis gritos debajo de una sábana. Ese intento de cara se confunde con pliegues y arrugas, pero sólo se escuchan los aullidos a través de la tela. Si tan solo pudiera regresar a mí. No necesito nada, salvo la inocencia y el alma impoluta. La experiencia y la madurez sólo son peldaños hacia la amargura. Uno no madura, uno se amarga. Entre más capas retiro de las cebollas (gente), incrementa mi decepción: en el fondo, todos somos muy similares. No creo en las verdades de Perogrullo de que cada cabeza es un mundo. Todos somos mundos conectados a la madre: ajenos al conocimiento pleno de que nuestras voluntades fueron compradas desde hace muchos años. Existir se ha vuelto un experimento fallido. Todo se resume a lo mismo: luchar y aprender para lograr una posición superior… ¿Superior a quién? Somos entes hechos de carne, sangre y huesos. Sí, un cerebro más desarrollado que el de otras especies… Menos agresivas, destructoras y alejadas del egoísmo. Ante esa realidad, no queda mucho por hacer: ser materia de caudal o convertirse en rocas impertérritas que, tarde o temprano, también serán arrastradas.

Tengo tanto anhelo, vida. Desde niño confié en tus promesas de tiempos mejores. ¿Tiempo? No hay tiempo ya. Existencias efímeras se disuelven en tus infinitos mares indiferentes. No hay efectos mariposa ni puntos cruciales en los multiversos de tu eternidad. Somos tan vacuos que no podemos soportar esa idea. Nos ha sido dicho que tenemos que vender la libertad para comprar posicionamiento, cuando, desde que llegamos a ser parte de la invasión mundial, nuestro asiento ya se encontraba marcado. No se puede concebir la idea de libertad en un mundo primitivo delineado por fronteras invisibles, líneas que dividen y separan; ideologías y reglamentos.

Y el más ansiado deseo se transforma en la burla más indeseable: las promesas de amor. Vivo esperanzado en la magia y en lo imposible, en convertirme en ese que hará la diferencia: “El Mesías del Corazón”. Soy más parecido a un perro callejero husmeando en los basureros que a un romántico chapado a la vieja usanza. Tal como una necesidad es comer, saciar la sed, dormir y respirar, lo es también penetrar un culo o una boca… A mi que no me vengan con cuentos del amor.

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