Opinión | Cuando ya no se puede fluir

Por Carlos E. Martínez

Hace unos días, motivado por mi positividad natural para ver la vida, pensé: ¿cuántos años faltan para que muera? En realidad fue que esa mañana, la primera llamada que recibí fue de funerarias Gayoso y, pues, me dejó con la idea. Evidentemente, no contesté la llamada. Pero la idea estaba implantada y rondaría todo el día.

            Está de más decir que nunca me he muerto y tampoco es algo que me quite el sueño. Hace ya años hice las paces con mi mortalidad, pero también en esos años mis actividades eran otras. Quizás no me aterre morir, pero es posible que esos pensamientos los relegue con acciones, ideas o, incluso, cualquier forma de entretenimiento.

            El escenario en realidad es simple. Viernes de quincena, cerveza en un bar, nachos con carne, música que inspire recuerdos buenos, quizás baile; y prolongar toda esta experiencia lo más posible. Claro, habrá gente que tenga un pasatiempo. Otros tendrán sexo, Otros quizás un maratón de series; ir de compras; comer; lo que sea. Todo al final, creo, sirve para lo mismo: distraernos de eso que no queremos ver o que no podemos aceptar.

            Para mezclar todavía más ideas. Al pensar en la muerte me cuestiono: “¿qué es lo que podrías temer de la muerte? Digo, al final, no creo en ninguna religión y si bien no tengo certezas, tampoco tengo dudas en que después del final de los finales: no hay nada más. Y quizás eso es lo que se evita: la gran soledad.

            Por un lado, tenemos tendencia a generar costumbres/hábitos, aunado a la necesidad de socializar -podemos crear vínculos con cualquier persona, inclusive si esa persona no nos conoce o no nos valora en los mismos términos-, y la cualidad de sentir que pertenecemos al sitio donde nos encontramos. Evidentemente hay más factores que influyen en lo que uno es, pero quedémonos con eso.

            Si algo de lo anterior falta o se rompe, podemos llegar a sentir/pensar/creer/interpretar que no pertenecemos a ningún sitio y que si desaparecemos del mundo, nadie lo notaría. Evidentemente estar consciente de esto, no es suficiente para recobrar el sentido o sentirme mejor. Requiere de algo diferente y que está fuera de nosotros: las personas.

            Hay una frase que utilizo de vez en cuando para reconectar: nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti. Y esa es la idea, a veces, quizás agotados o imposibilitados de sentir, podemos sentir lo de la gente que nos rodea. Hace poco alguien me dijo que su hermano se había casado y sentí mucha alegría. Un colega me compartió que lo aceptaron en un diplomado y sentí mucha felicidad por él.

            Claro, a veces lo que las personas comparten tampoco va a ser “bueno”, pueden acercarse para compartir su tristeza, dudas, malestares, y eso también se puede y debe sentirse. A veces lo mejor que podemos hacer es también compartir la tristeza y la soledad. Porque a veces, muchas veces, no ocupamos que alguien llegue y nos revele los misterios del universo. No. A veces, alguien al lado basta, porque sabes que esa persona comprende y respeta lo que sientes.

            Quizás más en estos tiempos de pandemia y encierro uno está más consciente de sí, se da cuenta de lo que quiere y de lo que no y, a lo mejor, de lo mucho que se había abandonado a sí. Esa es la otra parte, uno tiene que agradarse porque no hay suficientes estímulos externos que a uno lo hagan desconectarse de lo que es.

             A veces uno se cansa de fluir, de ir en sintonía con lo que debe ser y procurando no salirse de ese torrente. Quizás hoy más que otros momentos con la “autoayuda” por las nubes, uno está persiguiendo su destino (lo que sea que eso signifique) y agotando sus fuerzas. Con esa falsa vía de la felicidad permanente. Pero quizás, solo quizás, en esos momentos de dudas, lo mejor sea detenerse, sentarse al lado del camino y ver pasar las cosas. Hasta que algo nos haga colocarnos en marcha de nuevo.

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