Sol, solecito, tan calientito
Digo lo que digo, digo que te necesito
Vamo’ pa’alante, poco a poquito
Dame de tu fuego pa’ prender mi cigarrito…
El Gran Silencio
Por José Nava
El reloj marca las ocho de la mañana, salgo de la casa para encender el carro, hoy toca correr el riesgo de contagiarme, ¡qué miedo! Mi esposa cada que anuncio que voy a ir al trabajo, se pone de malas, no es para menos, el virus, que es invisible al ojo humano, puede estar agazapado en cualquier lugar; es una amenaza de muerte. Pero tengo la necesidad de hacerlo, de ir a laborar, ¿por qué?, no sé, ¿será la maldita costumbre o el miedo a volver a caer en la depresión que me provocó los más de siete meses de encierro? Solo viendo por la ventana y saliendo al patio.
Hay que ir a trabajar, hoy no habrá Home Office (la vida de jubilado es buena, siempre y cuando sea a los cuarenta años). Hoy el mal clima dio tregua; el día está soleado, rico, agradable, cielo despejado, limpiecito, dicen las abuelas: como una linda mañana de primavera. El día es tan rubio como Norma Jeane Mortenson: me siento vivo.
Subo al carro, mi esposa se despide de mí con preocupación, en su rostro se asoma una amarga sonrisa. Mi hijo, en cambio, me da una adiós con más entusiasmo: su sonrisa es más cálida que el sol. Con su voz infantil me dice: papá que te vaya bien, pórtate bien, y remata con un…te quiero papá, yo, con el corazón alegre y contento, contesto…yo también Pachitas.
Echo a andar el carro, un Toyota Camry de color blanco con sombras amarillas en el contorno; algunas partes del techo ya están oxidados, la brisa marina ha contribuido a ello; los faros ya padecen de cataratas, un pulida y se arreglan; los rines se ven “perrones”; eso sí, las llantas son “new”. El Palomo, como le llamamos, con poco ingenio, vio la luz en el noventa y tres, ahora estamos en el 2021, échele plumita… Por la edad ya tiene algunos padecimientos: no lo debo de apagar hasta que llegue a mi destino porque sino, no vuelve a encender; arriba de los 100 km/h, tiembla, así que es mejor conducirlo a “80”.
Antes de salir, he revisado, con una app, cómo está el tráfico, según dice, este invento del hombre blanco, que me tardaré 28 minutos en recorrer 13 kilómetros hasta el jale, pues a darle que no son enchiladas.
Salgo de la famosa privada Azucena, acá en el cotizado fraccionamiento Urbi Quinta del Cedros Segunda Sección (el nombre parece rosario) en donde las rentas están por encima de los 400 dólares: no sé por qué es tan cotizada esta zona, si solo tenemos un acceso vehicular que es utilizado por al menos unas 500 familias, y se avecinan más, además, en tiempo de calor, huele a aguas negras gracias a la pequeña planta tratadora de aguas residuales que hay en la zona: pintoresco el lugar, ¿no?…En verano al fondo se puede ver el mar Pacifico, azul, brillante, hermoso pero esa imagen va acompañada del olor a aguas negras…qué contradictorio…
Al avanzar algunos metros en el Palomo, conecto la vieja memoria (USB), que encontré en la guantera del carro hace algunos meses. La sincronizo con el estéreo, 87.7 F.M. debe de ser la estación para que funcione bien. El sistema de sonido se completa con cuatro bocinas, dos en frente y dos atrás, para que nadie se pierda el concierto.
El primer género que suena es el regional mexicano (no sé cómo se hizo esa clasificación pero así se le conoce). El repertorio musical con el que inicia la memoria son solo difuntos (Dios los guarde en su santa Gloria). Sergio Vega, El Shaka, ese, que alguna vez declaró, a un medio de comunicación, que tenía 18 hijos…, es el primero en entonar sus versos…Son cosas del amor…que te vaya bien que te vaya mal… Me pregunto ¿será que así son las cosas del Amor? El Shaka fue asesinado mientras conducía su Cadillac, color infierno, rumbo Alhuey, Sinaloa (cuna de muchos cantantes de narcocorridos y de capos de la mafia) El 26 de junio del 2010, entre las ocho y nueve de la noche, fue perseguidos por sicarios, que no dejaron de perseguirlo hasta lograr su objetivo: arrancarle la vida al intérprete de Millonario de Amor; la prensa comentó que fueron alrededor de 30 balazos que atinaron en el tórax y en la cabeza. Días antes, en su cuenta de Twitter, publicó: Ya está plebes, que Dios me los bendiga, gracias por apoyar mi música. ¿Acaso se estaba despidiendo?
Dejó de cantar El señor Vega, y cede su lugar a otro convocado a la presencia del Señor, Valentín El Gallo Elizalde, asesinado a los 27 años de edad, según los medios, por el narco. Aquel hecho sucedió el 25 de noviembre del 2006, al salir del concierto que ofreció en un palenque de Reynosa, Tamaulipas. Aquella noche del 24 de noviembre, su primo, Tano Elizalde, le advirtió que no cantara la canción que por nombre lleva A mis enemigos, porque “alguien” pesado estaba entre el público y se podía ofender. El Vale, hizo caso omiso y entonó la melodía… Siguen ladrando los perros, señal que voy avanzando, así lo dice el refrán para aquellos que andan hablando de la gente que trabaja y que no anda vacilando… Dicen los que saben, que el haber contado aquel tema fue su sentencia de muerte, porque no solo la cantó al inicio de su concierto, sino al final: Sigan chillando culebras…las quitaré del camino…y a los que en verdad me aprecian…aquí tienen a un amigo…ya les canté este corrido…A todos mis enemigos. Se rumoró que se lo dedicó a los contras, enemigos del capo de capos, enemigos de El Chapo Guzmán. Esa madrugada del 25 de noviembre, a la Suburban de El Vale, se le cerraron dos camionetas con hombres armados: se dice que en el lugar se encontraron alrededor de 70 casquillos de diferentes calibres: solo sobrevivió su primo Tano Elizalde: recuerdo que, de teléfono en teléfono, (empezaba eso de los celulares que tomaban video), circuló un video en el cual se veía el cuerpo del Gallo de Oro tendido en una fría mesa color plateado.
Ya cuando había avanzado medio boulevard, la voz que sale por aquellas bocinas noventeras, es la de una mujer, la de la Socia, Jenni Rivera. Una mujer muy singular, la cual se ganó el amor y cariño de muchos fans, mujeres y hombres. Su vida, como la de muchos, no estaba exenta de infortunios, mismo que fueron plasmados en su libro Inquebrantable y en la serie televisiva, Mariposa de Barrio. Una mujer que, aunque era cabrona, era de buen corazón; fue una mama luchona, una mujer autentica que a pesar de los escándalos (un video sexual que “se filtró” en las redes sociales), sus fallidas relaciones amorosas y los disgustos familiares, se mantenía Muerta por dentro, pero de pie, como los árboles. Muchos aún recuerdan aquel último concierto en la ciudad de Monterrey, en donde pronunció, con tristeza y amargura, unas palabras que eran dirigidas para una de sus hijas: siempre he cantado con sentimiento, pero de unos meses para acá me llega profundamente al corazón…les pido que me ayuden a cantársela a mi hija… A pesar de tantas penurias, la Diva de la Banda nunca dejó de sonreír a sus seguidores. Murió en un accidente de avión, el día que se marcó en el calendario fue 9 de diciembre del 2012. Recuerdo que mientras trapeaba la cocina, mi esposa me gritó desde la sala: mira ven, se murió Jenni Rivera…obvio solté una carcajada…son noticias que uno no se cree a la primera. Incrédulo camine hacia la sala y vi en la televisión como un medio de comunicación interrumpió su programación y mis “quehaceres” para anunciar la noticia: Noticia Urgente…de fondo, en la pantalla del televisor, aparece una foto de Jenni con los amigos que la acompañaban en aquel Jet, la foto la subió el estilista de Jenni a sus redes sociales, antes de que aquel jet elevara su último vuelo. Se escucha la voz del portero decir: mucha atención, interrumpimos nuestra programación con una noticia urgente, se trata de la desaparición del avión en el que viajaba la cantante Jenni Rivera, de Monterrey a Toluca…La información oficial dice que el accidente fue causado por una falla mecánica pero aún se especula que el narco tuvo algo que ver. Aún, en este 2021, después de nueve años, salen notas esporádicas sobre la trágicamente muerte de Jenni y la relación de su fallecimiento con la mafia.
Para ir cerrando el concierto matutino, hace presencia otro cantante, este conocido por sus narco corridos…Larry Hernández, que ha librado la muerte varias veces. Él cuenta que en una ocasión lo mandó llamar un narcotraficante: Tuve que ir a dar la cara por una cosa que me estaban culpando… Mencionó el cantante que aquel narco le dijo: Yo soy el que te quiere matar…El simple hecho de que dé la cara habla bien de usted…y sentenció…yo he citado a otros cantantes que no se han presentado… (¡qué pinche miedo!), El piloto Canabis (Larry) sigue volando hasta hoy, con mucho éxito en el mercado hispano de USA.
El solecito, a medida que avanza la mañana, cala más a través de parabrisas. Después de la dotación melodramática del regional mexicano el repertorio musical dio un giro…ahora se luce Don Omar, el reggaetón sonoriza la mañana. Casualmente, “Don” inicia con la canción…Salió el sol (poh, poh), cuerpo bronceado y sus amigas buscaban acción (all the sexy), La canción (all my sexy ladies)… Aquella melodía es pegajosa, anima al cuerpo…conduzco…como dice Panchitas, lento pero seguro. El calor me da directo en la cara…se siente reconfortante…hasta me dan ganas de no ir al trabajo y echarme como los perros con la panza al sol, pero no puedo hacerlo, hay que ir a corretear la chuleta, además creo que me mirarían raro tendido en el suelo…
He transitado por este boulevard por lo menos siete años pero hoy lo siento diferente; sus lámparas oxidadas por el polvo, la lluvia y la brisa marina; las palmeras, sucias y caídas; los árboles pequeños y tumbados por los vientos de Santa Ana y las bolsas de basura esparcidas por todos lados, hoy no me molestan, hoy me siento feliz. Un recuerdo atravesó mi memoria a manera de flash back: mis pensamientos se situaron en aquella fría madrugada del mes de agosto del 2014 en la que Panchitas tocaba la puerta del vientre de su madre: ahora soy más feliz.
Por un momento, en esta rica mañana soleada, ya no sentí miedo a contagiarme: vi que la gente seguía su vida “normal”; corrían por el boulevard, otros caminaban con sus perros, otras más, andaban en sus bicicletas y el tráfico era el mismo que antes de la pandemia, lleno de carros: quizás la mayoría se dirigía al trabajo.
La gente continúa con sus actividades cotidianas, el clima nos dio una tregua: el carro lonchera anunciaba la venta de sus tacos varios; en la esquina, desde temprano, el que vende camarón, está listo para ofrecer las delicias del mar; más adelante, otros dos puestos de vendedores, el de los “burritos y avena” y el de la birria, no puede faltar.
Más adelante, justo en el cruce de los primeros semáforos, antes de salir de esta zona, a lo lejos veo como se acerca el señor que vende jugos naturales, que caminando entre los coches, ofrece sus bebidas frutales o de verduras: en una pequeña canasta negra resaltan los colores de los jugos que vende: rojo, naranja, verde, amarillo. También están unas personas de color que con un hola amigo tratan de vender diferentes productos que van desde dulces, toalla amarillas, hasta monos de peluche. También está el joven malabarista, el artista urbano, que hace sus suertes al aire para ganarse unos pesos mañaneros.
He llegado al Calimax, tienda de conveniencia propiedad de una de las familias más ricas de Tijuana, para recoger a mi compañero de trabajo: es joven y, si hablamos de su aspecto físico, llama la atención, es alto y fornido, es un “Roble”, un “Ropero”, dirían las abuelas; también muy inteligente, su capacidad para observar la realidad que le rodea es notable. Nuestras conversaciones matutinas son nutridas e interesantes. Es un joven como muchos otros, con muchas dudas y proyectos. Hoy le comenté que este clima, que este sol, que está calidez y tranquilidad, (no viento, ni lluvia, cielo despejado y azul), me daba la sensación de que hay una esperanza para la humanidad con respecto a la lucha contra el “Virus”. Le dije que me da la impresión de que algún día, no muy lejano, volveremos a tener una vida “normal” y él, al escuchar mi rosario de optimismo solo contesto: pues a mí no me gusta este clima…al escuchar aquella respuesta sincera, honesta y a quemarropa, lo único que hice fue, apagar el radio y disfrutar el resto del viaje hasta el trabajo, con el sol en mi cara y el corazón lleno de esperanza. (Ya que me quedaba si me mandaron al camote…)
