Por Carlos E. Martínez
Como parte de mi rutina de pandemia, además de lo dicho en anteriores entradas, he pasado varias horas del día en Facebook. La verdad es que si de por sí ya era aburrido, mis contactos tienden a esforzarse muy poco por entretenerme, ahora lo es más. Algunos, atendiendo las recomendaciones del sector salud, no salen, entonces no comparten nada muy interesante -salvo unos cuantos que suben memes muy buenos (Dios los bendiga)- y los que sí salen, que comparten la felicidad, pues los juzgo por andarles valiendo verga la vida. Para el caso, me muevo entre el coraje y la decepción.
Sin embargo, de vez en cuando, quién sabe el porqué, en mi muro aparece lo que mis contactos comentan en otras publicaciones (generalmente de páginas) y ahí comienza lo interesante. Recientemente, he visto que bastantes de mis contactos etiquetan a una página llamada Gente que le encanta estar mamando, y como esa han surgido otras, con sus variantes en el nombre, pero para el caso es el mismo.
Sospecho que podría estarlos viendo con más severidad de la que merecen, pero cada vez que veo una etiqueta de esa página, solo puedo pensar en que están dando una expulsión, una señalización de lo distinto para que sea la masa la que juzgue y les diga todo lo que está mal en ellos.
Entiendo cuando la burla va dirigida a un político o a algún “famoso” por haber declarado o hecho alguna estupidez. Por otro lado, están las ladys y los lords, quienes por un momento de estupidez o una mala jugada del momento, se crea y se juzga una figura nacida de las circunstancias. Se nos ha hecho tan fácil juzgar a las personas por su peor momento que a veces pareciera que hemos olvidado, al menos en redes, que somos humanos.
Pero, en el párrafo anterior, se podría decir que hablamos de gente que hizo algo, que hubo una acción de por medio y, bueno, muchas veces, sí, cometieron alguna falta y merecen una sanción. Pero, ¿qué función cumple el que existan páginas cómo Gente que le encanta estar mamando? ¿Por qué se volvió “bien visto” mofarse de comentarios que la mayoría de las veces no tienen ni pizca de algo malo?
En retrospectiva, cuando estaba en la preparatoria, salieron estas personas llamadas hipsters, que las entendíamos, palabras más palabras menos, como personas insufribles que gustaban de las cosas alternativas e “ignoraban” lo comercial. Era estúpido que nos burláramos de ellos, pero se hizo.
Ahora, con los años, veo eso mismo contra los mamadores. Pero ¿cuál es el valor con el cual es juzgado el otro? ¿Acaso uno mismo es la propia regla? Las redes sociales se alimentan de la “polémica”, es lo que más interacciones genera y que se traduce en datos que es igual a dinero. ¿Cómo es posible que no notemos que nos estamos señalando unos a otros solo porque sí?
Y claro, uno podría pensar “bueno, es que nos estamos burlando de un comentario o de una imagen, no de una persona, tómalo con calma”, pero eso es, creo, precisamente el problema, al cubrirnos bajo el manto de “no nos referimos a una persona en concreta”, damos rienda suelta a juzgar; no de manera crítica sino de manera pendeja. Porque para que ese mensaje fuera colocado en la red, alguien lo tuvo que pensar, escribir y subir. Ahora, tan fácil se ha vuelto etiquetar y llamar a la horda para que le digan que está pensando mal, y en el paso burlarse, y etiquetar a sus conocidos que les recuerdan a esa publicación.
Al final, aunque conectados, parece que estamos lejos de estar relacionados. Parece que todos tenemos algo de qué avergonzarnos, y estoy de acuerdo con esa premisa, pero ¿qué clase de humanidad es la que premia por avergonzar al otro?
