Por Gabriel Mendoza García
Esto de volver a la universidad nunca fue más de la verga. Extraño mucho ir al campus y cotorrear con mis compañeros. Bety debió haber subido unos kilos, pero no me atrevería a criticarla. Yo también subí de peso, pero una vez que todo esto se reacomode, bajaré esos kilos en tres patadas. Ya me urge darle a la bici y aventarme el Tour de Copilco: de San Juan de Aragón a Ciudad Universitaria. Juro que ahora que regresemos, le voy a llegar a la Bety. Si me apendejo, me va a ganar el pinche vicioso del Simón. Chichotas me dijo que desde el segundo semestre la anda invitando a las yardas. En fin, no puedo demorar con el desayuno porque hoy toca clase de Filosofía del Lenguaje a las nueve con Lastiri, ese cabrón empieza en punto y no nos deja entrar a la videoconferencia después de cinco minutos. Prendo mi Mac y apenas y logro entrar a la clase. Lastiri ya está hablando a través de su webcam de tres pesos, todo pixeleado y trabado. La neta es que me tengo que aguantar la risa cada vez que empieza a arrastrar la voz como robot. Chichotas ya está conectado, al igual que Bety, Petrus, Simón y Gallareta. Por fortuna, alcanzo a distinguir que el profesor apenas se encuentra poniéndose al corriente con los compañeros.
—¿Dónde la pasaste, Beltrán? —pregunta Fernando Lastiri a Petrus.
—Con mi abuelita, allá en Moroleón.
—Espero que te hayas hecho la prueba antes. No deberían andar poniendo en riesgo a sus familiares.
—No, profe. Todo tranquilo.
—Ta bueno, ta bueno… ¿Y tú, Daniel?
Chichotas se apresuró a empujarse el Gansito que eligió por desayuno para responder:
—En mi casa, con mi familia, profe. ¿Usted?
—Con mi hermana. Pero yo estoy tomando medidas muy estrictas. Yo me encierro aquí en mi despacho que tengo en la azotea y ella se queda abajo en la casa. Aquí estoy todo el día. Sube en las noches para ver si no me hace falta nada, pero yo desde aquí le respondo que no. Es muy necia. Ya le he dicho que me mande Whats. ¿Y tú, Rolando?
Es obvio que no les diré la verdad. “Me la pasé viendo Pornhub, buscando durante tres horas un video en donde saliera alguna que se pareciera a la Bety. ¿Me creerá que sí la encontré? Me vine riquísimo… Sí, justo en esta misma Mac donde ahora los estoy viendo a todos”.
—Nada fuera de lo común, profe. Aquí con mis papás.
—Ya, bueno… Vamos a empezar con la clase. La última vez que nos vimos estábamos repasando los Tratados de Berkeley… Beatriz, ¿nos puedes recordar el capítulo en el que nos quedamos?
Y luego de casi tres meses pude escuchar su voz de nueva cuenta. Siempre, antes de hablar, hacía ese gesto de fruncir los labios, como si emitiera una sonrisa de resignación. Me fascina como se le forman esos hoyuelos paralelos a la comisura de sus labios.
—Nos quedamos en Número. Si me permite, profesor, puedo empezar a leer. Tengo el texto a la mano.
—¡Por supuesto, Beatriz! Deberían aprender a su compañera, es la más aplicada y…
Pensé que se había trabado otra vez, que su internet le jugó una trampa, pero no. Los ojos se le pusieron blancos y recargó la cabeza en el respaldo de la silla, la lengua se asomaba entre el espeso bigote y el labio inferior. Los anteojos se le desacomodaron y se quedó inmóvil en su totalidad.
—Profesor. Profe… ¡Profe Lastiri! —grité a través de mi micrófono.
—¿Tienes que gritar así, Rolando? —me reprendió mi madre desde la sala.
—No, perdón, es que algo le pasó al profesor.
Mis compañeros comenzaron a gritar su nombre, pero jamás hubo respuesta.
—Weyes, no mamen… Creo que se murió —dijo Chichotas.
—¡Alguien márquele! ¡Rápido! —dijo Beatriz, que, a pesar de encontrarse exaltada, seguía viéndose hermosa.
—Le estoy marcando, pero solo suena y suena —dijo Petrus.
—Sí, aguanten… Escuchen, escuchen… Algo vibra en su escritorio.
—No mames que lo traes en vibrador, semejante pendejo —dijo Simón.
—Cabrón, no mames… Más respeto. ¿No vez que podría estar muerto? —le respondí a mi rival de amores. Aquella era una oportunidad preciosa para hacerlo quedar mal frente a Beatriz.
—¿Alguien tiene el teléfono de su hermana? —preguntó la dueña de mis chaquetas.
La repuesta general fue un “NO”.
—Deberíamos hablarle a la ambulancia o a la policía —insistió Beatriz, quién, por fortuna, tenía un Iphone 12 y su cámara era HD, lo cual hacía que su imagen fuera en extremo nítida.
—¿Y si quiera saben dónde vive? —preguntó Ángel Gallareta.
El “NO” general se repitió. Tenía que pensar y rápido. No podía dejar que Simón se me adelantara y se quedara con el crédito de héroe.
—Hablemos a rectoría y digámosles lo sucedido. A huevo que nos dan su dirección —me apresuré a decir.
—Gran idea, Ro. Yo marco en este momento —dijo Bety.
Miré el monitor y descubrí lo pintoresco del cuadro: Beatriz había silenciado su micrófono y parecía discutir con alguien en el teléfono. Petrus apagó la cámara. Gallareta revisaba sus notificaciones. Simón miraba a la cámara ensimismado. Chichotas seguía picando moronas de la envoltura de su pastelillo. Lastiri seguía pasmado. De repente me entraron ganas de reír, pues, si en verdad estaba muerto, su deceso había sido sumamente caricaturesco.
—¡Son unos ineptos! —exclamó mi musa, que ya había encendido su micrófono.
—¿Qué pasó? —inquirí.
—Pinches secretarias, no saben ni siquiera quién es Fernando Lastiri. Me pidieron su cédula y la materia que imparte. Dicen que van a checar, pues no hay nadie ahorita en rectoría. Según esto, están yendo sólo de once a dos. No friegues… De aquí a que nos digan…
—¿Qué hacemos? Dijo que su hermana sube a verlo por las tardes.
—Chichotas, no mames, son las nueve y media de la mañana.
—Entonces… ¿nos vamos a quedar aquí?
En ese momento pensé que sería un acto de crueldad abandonar al profesor Fernando Lastiri. Imaginé a su hermana entrando por la noche, descubriendo dos situaciones funestas: el cadáver de su hermano y la reunión de Zoom sin participantes. Lo correcto era quedarnos hasta el final. Sin querer, eso pasó de ser una clase a un sepelio virtual. “Supongo que ahora seremos Gayozoom”, atiné a decir en mi cabeza, pero después pensé que quizá no todos se reirían de ese chiste.
—Sí, nos quedaremos aquí, compañeros. Es lo menos que podemos hacer por él —dije finalmente.
—De acuerdo con Ro —dijo Bety.
—Me van a disculpar, pero no pienso quedarme contemplando a un muerto. Yo me retiro. Prefiero ir a la policía y contarles lo sucedido. Quizá puedan actuar más rápido que esas pinches secretarias —dijo Simón.
“Excelente, pendejo. Lárgate. Sabes que esta batalla está perdida”, pensé, mientras le sonreía desde mi pantalla. Estoy seguro de que entendió que le estaba mentando la madre con mi sonrisita. Los demás, solo pudieron menear la cabeza en negación, con excepción de Petrus, que seguía con la cámara apagada y el micrófono silenciado.
—Nunca pensé que esto fuera posible —apuntó Gallareta.
—Es parte de la nueva normalidad. Creo que el futuro ya nos alcanzó —atiné a filosofar.
—Parte del derrotero de nuestra humanidad es elevar este tipo de convivencias e incidentes a ámbitos mucho más pragmáticos —puntualizó de manera atinada Beatriz.
—Suscribo, Bety. No me escandalizaría que en unos años, debido a estos confinamientos, las funerarias también ofrecieran este tipo de servicios virtuales —me atreví a apuntar, siendo mi firme intención comenzar con el trazo del camino hacia el chiste que rompería el mórbido hielo.
—¿Gayozoom? —dijo Beatriz con timidez.
Chichotas no se contuvo y escupió una masa amarillenta frente a su pantalla. Y yo, no pude sino decir:
—Suena hilarante, pero estoy de acuerdo contigo.
No sé qué sucedió, pero todos comenzamos a reír. En ese momento, la pantalla de Petrus nos volvió a mostrar su imagen. El muy cabrón ya tenía una botella de Etiqueta Negra y un agua mineral.
—No me juzguen. Lastiri hubiera querido que brindáramos a su salud. Y si vamos a estar aquí hasta que nos contesten, o hasta que llegue la hermana, prefiero tener el juicio condicionado por el alcohol.
Beatriz hacía un gesto similar cuando se reía, lo cual me tenía fascinado. No me importaba que hubiese robado mi chiste, al contrario, ese era un indicador de que nuestras almas estaban en perfecta sintonía. Compartíamos el mismo humor negro y lo equilibrábamos con el sentido de la responsabilidad.
—¿Han jugado “Yo nunca, nunca”? —pregunté.
Todos asintieron desde sus pantallas, excepto Lastiri, que era muy probable que sí estuviera muerto.
—Dejen voy por mi trago —dijo Beatriz.
Todos la imitamos y partimos a abastecernos de lo que sea que hubiere en las cocinas de nuestras casas. Por fortuna, mi padre tenía una de Bacardí a la mitad, misma que habría sobrevivido a las fiestas.
—Empiezo yo. Ya saben las reglas, ¿verdad?
Todos asintieron de nuevo.
—“Yo nunca, nunca he bebido junto a un muerto”
El ochenta porciento de la clase se llevó la copa a los labios y dieron un sorbo. Después, fue el turno de Chichotas.
—“Yo nunca, nunca he desayunado junto a un cadáver”
Esta vez, nadie bebió.
—Te chingaste, wey. Sólo a ti se te ocurre ponerte a desayunar en plena clase. Vas, échale.
Chichotas le dio un sorbo a su chela, y después Beatriz levantó la mano.
—Vas, Bety.
—“Yo nunca, nunca he jugado Yo nunca, nunca junto a un muerto”
La risotada fue general. Y todos bebimos.
—“Yo nunca, nunca he bebido en clase” —apuntó a decir Gallareta.
De nuevo, todos reímos y bebimos. Al final, vivo o muerto, seguíamos en clase del profesor Lastiri.
Las horas se nos pasaron como agua entre los dedos y, a las ocho menos cinco, el cuerpo del fiambre se iluminó: su hermana abrió la puerta. El alarido hizo que la semejante peda se nos bajara al instante.
—¡Fernando!
—Le hubiéramos llamado antes, señora, pero nadie tenía su número.
—¿De qué verga hablan? ¿Quiénes son ustedes?
—Sus alumnos de la clase de las nueve. No íbamos a dejar al profe solo —apuntó Petrus.
—¿Qué? ¿Cuándo pasó? ¿Por qué nadie hizo nada?
—Como a la media hora de haber empezado la clase. Tratamos de comunicarnos con rectoría para que nos dieran su dirección, pero es hora de que nadie nos ha podido resolver. Otro compañero fue a la policía, pero ya no supimos.
—¡Fernando! ¡Hermanito!
La mujer de edad avanzada le dio palmaditas en el rostro al profesor, más lo único que provocó fue que se le cayeran los anteojos.
—Creo que mejor nos vamos. Esto ya se puso incómodo —dijo Chichotas.
Todos asentimos, pero antes de que abandonáramos la sesión, mandé un mensaje al chat:
“Yo tengo cuenta Premium. Ahorita les mando el link por Whats. ¿Ya jugaron Among us?”

