Por Carlos E. Martínez
Estoy en mi balcón, en el cielo aún yacen estelas de las nubes que hasta hace unas horas hicieron llover. Desde aquí puedo ver partes de la ciudad en sombras, grandes manchas de penumbra se ciñen sobre lo que me parece La Postal y el camino hacia el aeropuerto. Pero en mi casa no, el aire frío, el sol radiante, y solo carros ocasionales que pasan. Este es mi escenario, donde en bata y con el primer café en la mañana, me propongo a interpretar, por última vez en el año, mi rol de jubilado prematuro.
En estos días, poco más de una semana, he estado de vacaciones del trabajo en línea. Solo me levanto, me pongo la bata, enciendo la cafetera, alimento a los gatos y salgo al balcón. Porque la situación del año no da para hacer más. Porque el estar afuera me implica más responsabilidad y compromiso que el estar en casa. No extraño la calle, disfruto mi hogar.
Pero hoy se siente diferente porque es miércoles, día en que pasa el camión recolector de la basura y en el ambiente, provocado por el aire que aún arrastra a las nubes del firmamento, hay un hedor. Y, quizás, este es el escenario idóneo para la última puesta. La escenografía ideal para resumir la forma en la que se sintió el año.
No fue un mal año para mí, quizás hasta lo podría colocar como uno de los mejores, aunque también es cierto que cada año que pasa lo disfruto, pero en este, orillado por la pandemia, me vi obligado a dejar ciertos convencionalismos sociales que, para ser honesto, me desagradan. Solo quedó lo que me gusta y por lo cual cada nuevo día no era malo. No amanecía desganado ni con ganas de que fuera el día donde me comenzara a hormiguear el brazo izquierdo y me diera dolor en el pecho.
Aún con la taza cerca de mi nariz, ésta no alcanza a mermar el hedor que yace en la zona. Podía estar muy bien, ponía música o algún podcast a todo volúmen, desayunaba, pero entrar a Internet siempre era esta marejada de malas noticias, pero ni siquiera eran de esas tragedias que ocurren lejos de uno y que el pesar se va cuando llega otro post. No, la muerte y el sufrimiento rondó muy cerca en mis redes sociales.
De un lado, estaba bien, la situación, digamos privilegiada de mi trabajo, me permitió estar en la comodidad de mi hogar y a momentos, debo reconocerlo, he dicho que voy a extrañar el estar así. Pero ese aroma a tragedia que ha cubierto a Tijuana por el aumento de muertos a causa del COVID, sin contar todos los que han muerto por otras enfermedades y violencia, me hace darme cuenta que ojalá nunca vuelva a suceder algo así; porque el placer individual no puede estar construido sobre una pila de cuerpos que sufren.
Me encantaría ser optimista, pero el café se enfría. En dos días, cuando el calendario de mi computadora diga 01/01/2021, el mundo seguirá igual y quizás vaya a peor, mucho peor, si pudiera dejar mi balcón y hacer algo, lo haría. Solo puedo tener esta actitud contemplativa, fingir que entiendo lo que sucede afuera y estar consciente de mi privilegio.
Un año individualmente excelente, marcado por un momento en donde los pilares de la sociedad se derrumban y se augura peor con la crisis económica que viene. Y no sé, me encantaría poder decir que algo se está aprendiendo o que algo bueno sucede. Claro, hay transformaciones, movimientos políticos y sociales en Chile y Argentina (por decir los del barrio latinoamericano solamente), que han dado frutos. Que han intervenido en su realidad y la lograron transformar.
Se ven chispazos. Ahora es de día, los pájaros que no migran están cantando y cada vez más carros comienzan a transitar, el cielo está iluminado y parece que será un buen día, pero mientras bebo lo que es el último sorbo, pues, pienso: ojalá pronto podamos decir, como sociedad, que buen día está siendo éste.
