Por José Nava
Suena el teléfono de la coordinadora:
Coordinadora: Hola…
Presentadores (primerizos): Hola, se nos hizo tarde, no sabíamos que el tráfico se ponía así en FIL…estamos en la entrada alguien puede venir por nosotros…
Coordinadora: Claro que sí… ahorita van por ustedes…
La coordinadora cuelga y dice: recuerdas que por correo les avisamos que tomaran en cuenta el tráfico, te puse copia del correo, recuerdas…
Yo, como siempre, contesto que sí, pero también como siempre no lo recordaba…ve por ellos por favor, mientras acomodo los libros- dice la coordinadora(a esas horas el andar de arriba abajo con tacones ya causa cansancio en ella). Voy lo más rápido que puedo, no vaya hacer que aparezca de nuevo el enemigo íntimo (retortijón, pues).
Llego a la entrada principal, los presentadores me reconocen y saludan…les entregó sus gafetes e ingresamos al recinto…como es la primera vez que están en FIL, están admirados por aquello…
Autor: ¿Cuánta gente?, ¿Siempre es así…? Depende del día, la hora, de qué libro se presente, que grupo vaya a tocar o conferencia magistral se vaya a presentar…siempre que va a estar un youtuber vienen muchos jóvenes…le contesto.
Comentarista: ¿un qué?
Esos que tienen canales en YouTube, en donde enseñan de todo, desde cómo maquillarse hasta cómo conseguir el “amor verdadero”, le explico.
Ambos presentadores sonríen.
El autor del libro lanza una pregunta al aire- ¿irá a haber gente en la presentación?
Con la experiencia que he adquirido en los años que ha asistido a la FIL, sé que hay que responder… y contestó: claro que sí, estuvimos volanteando y varias personas se vieron interesadas por el tema y dijeron que estarían en la presentación.
El autor, con una sonrisa sarcástica y viendo a toda aquella gente dice -espero que sí. El comentarista lo acompaña con la misma expresión.
Ya con el tiempo encima, (seis con cinco) llegamos al salón “A”. La coordinadora, ya tiene la mesa lista con los libros para la venta y los banners puestos: uno afuera y uno dentro.
Los asistentes aguardan para entrar al salón; vamos un poco retrasados, pero hasta el momento todo marcha dentro de lo normal. El público ingresa a la sala y toma asiento, los ponentes, ya instalados en la mesa principal, comienzan con la charla. Me encuentro en la puerta recibiendo a algunas personas que van llegando, y justo cuando el presentador pronunció las palabras: buenas tardes a todos gracias por estar aquí…justo en ese momento, con exactitud de reloj suizo…el señor retortijón se volvió hacer presente. Son ocasiones que no sabes si lo que llama a la puerta es solo una ráfaga de viento o es en verdad el vecino que siempre llega en el momento más inoportuno.
Con los libros en la mesa y la gente pasando por el pasillo, tuve que tomar la decisión arriesgada de ir al “tocador de hombres”, más valía perder un libro, que ser el protagonista de una de las anécdotas más bochornosas de la FIL: hay que dejar huella pero no de esa manera.
Le dije a la señorita del servicio social, que custodiaba la puerta del salón, si le podía encargar los libros un momento para ir al baño, sin pronunciar palabra alguna, y con una sonrisa aceptó.
Yo apreté el paso, literal, para mi suerte, mi destino estaba cerca…todo pintaba de maravilla…la distancia era corta…solo había que aguantar un poco más…
Alcancé a llegar y con la urgencia a flor de piel, poco me importó revisar lo elemental, cerciorarme de que hubiera papel higiénico…La presión cedió, todo lucía más tranquilo, relajado. Obvio, no olvidaba que tenía una presentación así que apresuré “el paso”. Terminando aquel “asunto”, fue cuando me di cuenta de que el dispensador de papel, solo tenía una triste hoja, que al sacarla, quedó hecha jirones…mi primera reacción fue una risa burlona, de incredulidad, de angustia…recordé con palabras mal habidas a mi madre…Son minutos tensos, todo se te junta, pensé: mis libros (aunque no son míos los siento como míos), la presentación, la máquina de las tarjetas, y ahora qué hago. Los segundos que pasan se sienten desesperantes…varias ideas cruzaron por mi mente…soluciones posibles e imposibles…Qué hago…Encerrado en aquel diminuto baño, escuchaba a gente que se reía…y obvio pensé que era de mi…(nunca tuve la certeza de que así fuera)…lo segundo se volvieron minutos…me empezaba a desesperar… recuerdo que me reí de nervios.
Al final logré salir del baño, fui al lavabo, me lavé las manos, la cara…le regalé una sonrisa al espejo frente de mí, revisé que el tono en mi ropa estuviera bien: cinto abrochado, camisa fajada, zapatos abrochados, gafete de FIL (una vez lo olvidé en el baño, al igual que mis lentes, dinero, etc). Salí del tocador de hombres…con la frente en alto, como todo un gladiador del circo romano, había combatido a un enemigo, cruel y salvaje, al que no le importaba, ni raza, color, edad, género, preferencias, ni estatus social, nada le importan: cuando tenía que salir, tenía que salir…
Terminando de revisar que todo estuviera en su lugar y secándome las manos…a través del reflejo del espejo vi como otro incauto, por azares del destino, entraba en el mismo baño que yo había entrado…pensé en advertirle…pero también pensé…cada quien debe de luchar sus propias batallas…
Salí con la seguridad de McGregor después de ganarle a José, en solo trece segundos, aquel 12 de diciembre del 2015, un combate de MMA por el título de peso pluma de la UFC.
Ya con la “relajación”, caminé despacio hacia el evento, disfruté de la tranquilidad de mis interiores…nadie sabía, que minutos antes, en ese baño de hombres, dentro del pequeño espacio donde se encontraba el inodoro…me había enfrentado a algo soberbio…a algo siniestro. Entré siendo un niño, queriendo contener los impulsos naturales del cuerpo, y salí siendo un hombre: no todo lo más importante en la FIL son las hojas de los libros, hay otras que también importan.
Se acercaba la hora de cerrar el changarro, el día fue pesado, es viernes y el cuerpo lo sabe. Después de dos presentaciones de libros seguidas, de explicar varias veces dónde y a qué se dedica la institución a la que represento; de atender a clientes de todas las edades, (a niños que se acercan buscando libros de cuentos, hacer entrevistas que el maestro les dejo, -eso está chido-), de vender, acomodar y limpiar, una y otra vez, es hora de cerrar y salir a buscar algo que cenar y, porque no, tomar un “chela bien Elodia, va, va…” dicen los colegas del “centro”, esos a los que, para picarles el orgullo, solo hay que decirle que la quesadillas deben de llevar queso, sino porque se llaman quesadillas: debate añejo, entre capitalinos y foráneos.
A unas cuadras “panteoneras” de la Expo, (como les llaman los locales) se encuentra un pequeño negocio, una especie de bar, cantina y restaurant, la Jungla se llama (me recuerda al Turis de Tijuana). Está a media luz, sirven botanas, que a esa hora, después de las nueve de la noche, se puede considerar comida.
Es un lugar al que, algunos de los compañeros de la feria, vamos a relajarnos y distraernos. Como ya es sabido, en el trabajo se habla de las “pedas” y en las “pedas” se habla del trabajo…Entre “micheladas”, “clamatos” y “medias”, se cuentan las anécdotas más divertidas e interesantes de la feria; se cierran tratos, se venden libros; se hacen nuevos amigos FIL (que solo ves cada año en aquel recinto de libros): se viven entrañables momentos. Nos olvidamos un poco de las familias, del trabajo, de los faltantes; de las malas caras de los clientes. En ocasiones, esas pláticas se convierten, sin querer, en pequeños seminarios o conferencias sobre distribución y mercadotecnia de libros. Pero, sobre todo, uno encuentra el apoyo emocional, y a veces, hasta económico de los camaradas, que ya con unas cervezas de más, se vuelve parte de la familia: nos reímos, nos abrazamos, nos comprendemos, nos quedamos serios; decimos groserías; pedimos otra ronda, unas “palomas”…¿por qué? En la Jungla, las horas pasan rápido: los corazones se encuentran, las amistades se vuelven más entrañables, las promesas se cumplen y nace la esperanza de volvernos a ver el año próximo, porque ya nos estamos extrañando…
Ya es hora de irse, ya es de madrugada, hay que despedirse de la Jungla, de su magia y sus encantos. Ya solo queda tiempo para dormir unas horas porque mañana nos esperan ávidos compradores que, como es costumbre, el último día de la feria, se dan cuenta de que en Guadalajara, se lleva a cabo, desde hace varios días, una de las ferias de libros más importante del mundo.
En el silencio de la noche logro escuchar las risas de los camaradas que se van convirtiendo en murmullos a medida que avanzo hacia el hotel…
Ya amaneció por completo, el olor a FIL se ha desvanecido, me ha dejado un hueco en el corazón acompañado de una nostálgica sonrisa, y mucho agradecimiento por la institución, que a pesar de las carencias y barreras, ajenas a ella, (también lucha sus batallas) hace el esfuerzo para que, aquel equipo de trabajo, pueda poner en boca de todos los asistentes a la feria, el nombre de la H institución.
