Por Gabriel Mendoza García
El otro día me propuse hacer algo de provecho: decidí que donaría todas mis pertenencias de valor a cualquiera que las pudiera necesitar. Nunca antes me había propuesto a llevar a cabo un acto de altruismo, y en estas épocas de incertidumbre, zozobra y necesidad, encontré la excusa perfecta para ello. Por otro lado, me encontraba sofocado por el pasado y encontré que la mejor manera de desanclarlo de mi vida, era deshacerme de todo aquello que me hiciera recordarlo. Así que monté todo en una caja y salí de casa en busca de ayudar y ayudarme. Mientras me abría paso entre hipsters, vagabundos y puestos ambulantes, trastabillé con una banqueta deformada por las raíces de un estorboso árbol de hule (qué feos son, dicho sea de paso), en cuyo tronco lo adornaban incontables chicles pegados. Mis cosas terminaron despatarradas sobre el pavimento y un hediondo camión se encargó de machacarlas al cruzar por la avenida Álvaro Obregón… Quedé de piedra: mis buenas y nobles intenciones quedaron reducidas a nada: allí falleció mi colección de revistas para caballeros, en donde se admiraban cientos de doncellas con poca, o nula, ropa; mi ropa con olor a humedad, suéteres que ya no me quedaban y alguna que otra playera deslavada; mi calzado con suelas desgastadas, sin agujetas y con plantillas agujereadas; mis botellas de lociones vacías, frascos de colección en forma de torsos humanos con playeras a rayas de Jean Paul Gaultier, un tubo gris del 212 de Carolina Herrera pirata; y, por último, una suntuosa colección de estampitas de los diferentes álbumes de Dragon Ball Z… ¡Todo deshecho! Sin embargo, mientras contemplaba desolado aquel desastre, me asaltó una sensación que, incluso hoy, me vuelve a poner pelopúntico: una suave y cálida voz me susurró: «besa a tu pasado y dile adiós». Desconcertado, me di la vuelta y me encontré con una mujer muy guapa y escultural. Tardé poco en reconocerla: era Bárbara Mori. ¡Sí! ¡la actriz que protagonizó la telenovela Rubí! Ella tuvo a bien acariciar mi rostro enrojecido y yo no pude sino caer presa de un estremecimiento indecente. Bárbara me dijo que todo lo que viniera a partir de ahora, sería dicha. Pero eso no fue todo, o no, no lo fue… La encantadora mujer se percató de que entre los restos de mis pertenencias estaba una revista dónde ella, con diminuta lencería, posaba en la portada.
—Perdóname, Bárbara, pero siempre me has gustado —me atreví a apuntar.
Bárbara se quedó helada y, después de recorrer sus carnosos labios con su propia lengua, me besó. Recuerdo que esa noche hicimos el amor no pocas veces, incluso podría decir que más de tres, sí. Y hubo de todo: misionero, perrito, sin manos, sesenta y nueve, y varios números más. Pero, ese gozo no pudo durar para siempre. Incluso podría afirmar que solo duró una noche, ya que, tristemente, a la mañana siguiente, ella ya no estaba. Abandoné su apartamento a toda marcha, pero decidí regresar a ducharme, asaltar la nevera y olisquear su ropa íntima.
Los meses sucedieron. Fui testigo impertérrito de varias puestas de sol y alguno que otro eclipse, y, en agosto del cuarenta y tres, me llamó por teléfono:
—Te escribo desde la Alemania Nazi. Las cosas están muy podridas en esta región. Ayer una bomba despedazó a un… a un primo. Pero, no te preocupes por mí, sólo quería darte una buena noticia: seremos papás.
En ese momento lamenté haber perdido mis pertenencias. ¿Cómo diablos iba a mantener al pequeño Sergio? Con mi sueldo de gerente (gato) de bienes y raíces (no, no quise decir bienes raíces, sino que administro una tienda de baratijas y raíces, y a veces no sé distinguir lo complicado de lo simple), no me podría alcanzar para mantener a un hijo, y mucho menos de alguien como la protagonista de Rubí. Total, se supone que después de que ella me dijera que todo sería dicha, decidí acudir a ver a mi antiguo patrón para ver la posibilidad de recuperar mi trabajo anterior (gato también). En mi austeridad, pedí prestado un traje a un amigo igual de grande y obeso, pero con todo y eso, no me cerró. Me puse mis aún funcionales botas perestroika y ordené mi Uber (servicio similar al de un taxi, pero que puede ser ordenado desde tu teléfono celular, eso sí, siempre y cuando hayas descargado la app).
En el trayecto hacia el complejo de oficinas en el que solía trabajar en los dosmiles, el chófer me preguntó si deseaba que tomáramos un atajo para evitar el tráfico, yéndonos por el segundo piso del periférico. Ante semejante atrevimiento por parte del señor, decidí a responderle por medio de un ademán, indicándole que no era de mi interés (mío y de mi bolsillo) que lo hiciera. El tipo refunfuñó y luego me ofreció agua. De igual manera, negué con un movimiento de cabeza. Exasperado, me preguntó si deseaba escuchar alguna estación de radio en especial… Y yo decidí ignorarlo poniéndome mis audífonos. Noté que el señor (Roberto Pascual, 4.9 estrellas, excelente servicio) se molestó ante mis constantes rechazos, así que atiné a propinarle una palmadita en el hombro. Por una extraña razón, miré el retrovisor y sus ojos me recordaron a los de Araceli Arámbula: sumamente felinos y coquetos. Él se frenó en pleno segundo piso y se bajó del auto.
—Y la culpa no era mía —me dijo, con los ojos inundados.
Sin más, le arranqué la camisa e hicimos un obsceno sesenta y nueve en el helado pavimento.
Hoy, mientras me pongo a la tarea de narrar estos sucesos, desperté con un resfriado terrible y no tengo ganas de ir a trabajar. No sé que será de nuestro pequeño Néstor… Bárbara. En realidad, no sé qué será de nosotros.
Este periodo de sombras y lágrimas, la tragedia nos ha golpeados a ambos. Néstor escapó de casa al enterarse de que su padre había muerto presa de un coctel mortal: coronavirus mezclado con almorranas. Y yo, como nuevo viudo, decidí abandonar la búsqueda en el mundillo de los bienes raíces y adentrarme en la creación de contenidos. Lo primero que hice con la herencia que Roberto Pascual me dejó (4.8 ☆, ya no tan excelente servicio por morirse), fue comprar una cámara tipo Go Pro y un micrófono de solapa. Lo siguiente, encontrar un tema: iba a entrevistar a desconocidos en la calle. Al final, nadie había hecho algo tan osado en plena pandemia.
—Y dígame, ¿cómo lo lleva en esta época tan ruin?
El hombre de espesa barba canosa, dientes podridos, ojos rojos y aliento a solvente, me respondió:
—Me estoy yendo por la banqueta hombre, vete a la verga pinche perro.
Cansado y hastiado del mal trato de las personas que se negaban a hablar conmigo por el simple hecho de no llevar cubre bocas, decidí vender la cámara y el micrófono. Tarde me di cuenta de que no tenía vena de comunicador. Y dispuesto a emprender el regreso a casa, me encontré con un buen amigo, que ya me había ofrecido trabajo pero, en mi ensimismamiento amoroso con aquel chófer de Uber, decidí ignorar.
—¿Qué pedo, Gabo? Te pedí dos cuartillas para mí revista y te pones a escribir estas mamadas…
—Llevas razones de sobra, mi buen amigo Jerónimo Ricardo Franco. ¿Te gustaría que publicara estos tres actos de mi idilio por Bárbara Mori a manera de solventar mi shock periodístico?
—Sí, pero primero límpiate ese semen que traes en el pantalón.
—Disculpa, ha estado haciendo frío y no me baño desde agosto.

Originario de Ciudad de México, Gabriel Mendoza García se ha destacado por su pasión por la letra escrita en forma de novela, ensayo poético y comedia, teniendo en su haber los dos primeros volúmenes de la saga Sofía, la crónica novelizada “El color desconocido” y varios disparates aún inéditos. Amante de la creación de contenidos, pasa el tiempo inventando proyectos e historias que contar, ya sea haciendo uso de la palabra escrita, los video blogs, el podcast y, ahora, el periodismo por internet.
