Opinión | Huele a FIL Guadalajara (Parte 1)

Por José Nava

Es de madrugada, a través de la cortina de la ventana, que da a la calle, se ve cómo va naciendo el alba. Se asoma una tenue línea de luz que avanza por la sala de la casa mientras amanece. A pesar de que ya se hace presente el señor sol (Juan Gabriel, 1950-2016, no está muerto anda de parranda), hace frío. Por espacio que deja la cortina al descubierto se puede ver que afuera, en la calle, está una paloma negra, que sospechosamente mira hacia adentro de la casa, mueve la cabeza, como buscando el ángulo adecuado para espiar mejor. 

Aprovecho estas horas de soledad para leer y escribir. Como ya es costumbre, una bebida caliente me acompaña para mitigar el frío: canela con café y leche. Leyendo un perfil de Fito Páez, mi olfato distingue un aroma: huele a Guadalajara. La memoria me traiciona, me doy cuenta de que, aunque reniego de ella, de la FIL (Feria Internacional del Libro de Guadalajara) -como el que reniega de la novia tóxica, pero siempre regresa a ella- cada año la extraña. Aunque son solo tres letras, para mí, la FIL, es un enunciado con muchos sujetos y predicados. Y ni qué decir de los verbos; muchos de ellos conjugados. Cierro los ojos y repito tres veces FIL Guadalajara, FIL Guadalajara, FIL Guadalajara…y como en aquella película de Beetlejuice (1988), de pronto, me veo rodeado de libros, estantes (gigantes), de gente y más gente, de algarabía, de voces ensordecedores; del llanto de uno que otro niño que perdió su juguete en las calles alfombradas de la FIL. Me veo rodeado de adolescentes que se besan detrás de los libreros; de ávidos lectores en busca de tesoros literarios; de “profesionales” buscando nuevos deals para sus editoriales; de escritores jóvenes buscando quién les publique sus textos; de escritores consagrados que vienen a enaltecer el magno evento; de empleados de limpieza, que recorren los pasillos hurgando el piso para recoger la basura que las “buenas conciencias” van dejando por ahí: quizás son los menos visibles pero son de los indispensables; qué decir de los “diableros”, que “salvan vidas”, van corriendo por ahí con sus diablitos para ganarse unos “chelines”; verlos en grupos de dos, de tres, o hasta de cuatro integrantes, me hacen recordar aquella canción de Los Cadetes de Linares, -“Los Cachetes con Lunares”, dicen algunos- Pescadores de Ensenada: Alegres o tristes salen de Ensenada, Los barcos pesqueros que van a buscar, Las preciadas piezas que a veces encuentran, Ya que otros encuentran la muerte en el mar… Ellos exponen sus vidas al subir y bajar kilos de libros por aquella rampa empinada que llega a la bodega FIL -custodiada por José Razo-. También recuerdo a los chicos de servicio social que, por unas cuantas horas de servicio, aguantan turnos de ocho o doce horas parados, vigilando a los asistentes del evento. También, aprovechan el tiempo para “echar novio”: nunca se sabe dónde se puede hallar el verdadero amor.  

FIL Guadalajara

Hay mucho que ver en FIL, pasan tantas cosas que es difícil recordarlas todas. Siempre al estar en la FIL he tenido la sensación de que son muchas ferias en una sola.

Los hoteles que se encuentran alrededor de la Expo Guadalajara (instalaciones donde se lleva a cabo la feria), desde que inicia el año (al parecer este año no será el mejor) empiezan a recibir correos o llamadas de las diferentes editoriales para que les reserven cuartos a sus colaboradores. El personal se prepara para ofrecer los mejores servicios: agua caliente, lavandería, buena conexión de internet, transporte, desayunos (americano o buffet); el personal de limpieza ya sabe que les espera más trabajo y, a veces, buenas propinas; los recepcionistas saben que habrá que lidiar con las exigencias de clientes de todo tipo, extranjeros y nacionales; esperan a sus huéspedes de cada año, de los cuales ya conocen sus “peculiares” gustos y exigencias “exageradas”: el engranaje hotelero se echa andar y se afina para que, llegando la FIL, todo esté funcionando a la perfección (aun así siempre hay imprevistos).

Tuve suerte de estar hospedado en uno de los hoteles cercanos a la feria y al salir y caminar por la acera, percibí un aroma muy peculiar. La primera vez no logré identificar a que olía pero sabía que esa fragancia ya la había olfateado antes. Después de un rato, me di cuenta que aquel aroma era el del chocolate abuelita. Era como estar en casa viendo tele con la familia, tomando chocolate calientito y una “conchita” (inmediatamente viene a la memoria la imagen de Sara García, eterna abuelita del Cine de Oro mexicano). Al darme cuenta de dónde provenía esa esencia, caí en la cuenta de que no era Chocolate Abuelita al que olía sino al chocolate Ibarra, la competencia. Pero es inevitable que aquella fragancia despierte recuerdos, nostalgias y hambre.

Empiezas a caminar por la banqueta de la EXPO y dependiendo de la hora, se pueden ver diferentes tipos de vendedores, desde los que venden artesanías (“curios”, decimos en Tijuana): camisas bordadas a mano con hermosos estampados de flores multicolores, faldas, bolsas, carteras, pulseras, dijes, hasta los que ofrecen periódicos, revistas y dulces.

Sobre la acera también hay venta de comida. El menú que se ofrece afuera de la FIL también depende de la hora. Por las mañanas jugos de frutas, fruta “picada”, tacos a vapor y en, el famoso OXXO Expo, que está a unos cuantos metros de la feria, se vende algo parecido a lo que en Tijuana le llamamos “tacos varios”; por el medio día se pueden encontrar taqueros: adobada, bistec, chorizo…usted pida güerita…; en la noche, justo saliendo de la FIL, casi a sus puertas, se ofrecen las famosas verduras cocidas: papa, chayote, coliflor, elote, etc.

Esos días, son días de tráfico y más tráfico. Pero también de más ingresos para los choferes de transporte: los precios son elevados, más por la noche. Los taxistas, de diferentes gremios se aprovechan (no todos, pero sí muchos) del cansancio de las decenas de trabajadores que salen de la FIL (entre nueve y nueve y media de la noche) cansados y hambrientos, después de jornadas que pueden ser de ocho o de doce horas seguidas, que lo único que quieren es ir a descansar a su casa o a su hotel, cenar algo rápido y dormir para levantarse temprano al día siguiente e ir de nuevo a la  FIL. Para algunos de ellos es una rutina que repite nueve días seguidos o quizás más: la feria es cansada para muchos, pero aun así, hay quienes dicen, con envidia, “de la buena”, que los que van a la feria, van de vacaciones.

En la Expo hay unas enormes puertas que dan hacia el estacionamiento de carga y descarga, y a los contenedores de basura. Mientras adentro la gente camina por todos lados, disfruta de la feria: ríe, canta, platica, compra, come, pregunta, observa, se divierte -todo es una fiesta-en el estacionamiento de descarga sucede una dinámica muy diferente. Afuera resalta el ruido de los motores de trailers, camiones, carros de carga y camionetas de mensajería que siguen llegando con libros, equipo electrónico, inmobiliario y muchas cosas más. Se pueden escuchar los diferentes acentos o tonos en el hablar de la gente: desde el cantadito de los locales, hasta el de los europeos o sudamericanos: la FIL es una torre de Babel.

En este lugar los empleados de piso, y uno que otro gerente, de las diferentes librerías, instituciones, universidades, distribuidoras, etc., salen a fumar un cigarro; a descansar de la “gente”; a llamar “a los suyos” a los que, por el trajín de la feria, no han podido llamar; a tomarse una “coquita” (en las máquinas de sodas que están en ese lugar, una coca de bote cuesta $ 11.00 pesos mientras que dentro su valor es de $25.00 pesos); a respirar aire puro; a flirtear con sus pares de otros stand: miradas se ignoran, se encuentran, se cruzan, se identifican, se reconocen, se desean con diferentes destellos de atracción…lo que pasa en FIL, se queda en FIL… She’s up all night for good fun, I’m up all night to get lucky…Daft Punk.

 También están sentados en sus “hechizas” plataformas para acarrear libros, con el rostro quemado por el sol y sus ropas maltrechas y humildes y su faja en la cintura (ellos no ocupan andar “bien” para la FIL), “los diableros”, esperando que caiga un “jale”. Ahí el líder es “El diablero Mayor”, el jefe, el patrón: de unos 40 a 50 años, de rostro y cabello oscuro y dientes amarillos. Él está al acecho, a la espera de un nuevo cliente, que desesperado recurre a él, para que le salve la vida…

-Jefe, ¿cuánto por llevar unas cajas a la bodega de FIL?

El Diablero Mayor, viendo y oliendo la desesperación del incauto, pregunta -¿Cuántas cajas son, de qué tamaño y cómo cuánto pesan? El cliente, que previamente ya fue advertido por otros colegas sobre el actuar de la tribu de los diableros, responde. Son poquitas, como unas 25, de tamaño mediano…más o menos de unos 15 kilos cada una…-El Diablero empieza hacer sus cuentas, a activar sus dotes de físico, matemático y psicólogo (analiza la desesperación del cliente): ya tiene la cantidad, peso aproximado y tamaño…pero le falta un dato para que la fórmula funcione, para que el valor de “X” sea encontrado…le falta la distancia a recorrer…y pregunta… ¿Dónde están las cajas…?- El cliente, que omitió ese dato apropósito, contesta- cerca, ahí en la FIL niños…ya con el dato faltante, El Diablero tuvo que calcular ganancias y desgaste humano en cuestión de segundos…y responde casi al instante… $400 pesos…, se queda esperando la respuesta del cliente…quien por su parte, debe de calcular otros factores que se reducen a la urgencia por dejar el stand listo para la inauguración. Justo en este punto, empieza el arte del regateo, de la diplomacia, diálogo que, aunque no es matemático, afecta en las matemáticas. El cliente, para no verse con un principiante…y salir del apuro…responde…ni tú ni yo…$350…, El Diablero acepta con la cabeza…todos ganan…da la señal…y sus ayudantes…se alistan para el nuevo “jale”.

Los chicos de servicio social aprovechan aquella “tranquilidad” para sentarse y ocultarse, por unos instantes, de las miradas de sus supervisores; disfrutan del sol por unos instantes antes de tener que volver a adentrarse al recinto iluminado por grandes lámparas; no pueden darse el lujo de descansar, deben de estar en sus puestos, parados, no se pueden sentar, si lo hacen les llaman la atención; ahí, en sus lugares asignados, aguantan meciéndose de un lado a otro, haciendo breves y corto ejercicios de estiramientos; moviendo los pies de forma circular; sobándose las rodillas y los muslos: es una chinga que equivale a unas cuantas horas de servicio social: parados aguardan hasta que acabe su turno, y algunos, por la noches, rondan las calles de la FIL, hasta que llega el alba.

A unos cuantos metros se encuentran los contenedores de basura, otra de las caras de la FIL que quizás a muchos no les guste ver, pero que ahí están, se ven, se palpan y se huelen. Algunas personas del equipo de limpieza trabajan en esa área reciclando desechos. Principalmente recogen botes de aluminio, de plástico y recibos o tickets de las compras hechas en las fuentes de sodas que están dentro de la Expo, (los tickets sirven para hacer business y ganarse unos pesos extras…es otra historia): en la feria nada se desperdicia, todo es negocio.

Empresarios, escritores, dueños de imprentas, editores, bibliotecarios, distribuidores, también viven su feria, a tal grado que la FIL les otorga días y horarios especiales para que, con “calma” y sin tantos distractores, puedan enfocarse en su trabajo: buscar nuevos tratos para sus empresas; tener reuniones con colegas; encontrar jóvenes escritores; comprar nuevas ediciones editoriales para distribuir; comprar derechos de autor; entablar nuevas redes comerciales.

Recuerdo aquel empresario hindú, que me pidió, en un inglés muy singular, que si le podía conseguir o recomendar una asistente traductora que le ayudara durante la feria (no quería que fuera de sexo masculino). Quería que fuera joven, inteligente, pero sobre todo, que fuera muy “guapa”, por la expresión de su rostro y la sonrisa que dibujó su cara, al acentuar que deseaba que fuera “joven”, no me dio buena espina y obvio, le di el “avión” de manera respetuosa. En aquel momento recordé como una compañera de piso, de la institución vecina, nos contó que la noche anterior, al salir de la feria y estar esperando el transporte, se le acercó un hombre extranjero que le preguntó (palabras más, palabras menos)- qué si estaba cansada, porque él sí, que la invitaba una copa en el bar del hotel en que estaba hospedado (en el Westín, uno de los hoteles más caros a un costado de la FIL) y que después podían ir a su habitación a descansar- a la compañera no le sorprendió, pues no era la primera vez que se le insinuaban los hombres trajeados de la FIL. Ella contestó que estaba esperando a su novio, aquel tipo, por suerte, no insistió y se retiró con un saludo gentil y de “buen mozo”, comenzó a cruzar la calle…la compañera pudo ver como en la mano derecha llevaba el anillo de matrimonio: no todo es trabajo en la FIL…

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