Opinión | Y cuando menos tiempo tenía: llegó otra plataforma

Por Carlos Ernesto Martínez

Y así como ocurren las cosas, llegó un nuevo servicio de streaming al país: Disney +, algo que en verdad nadie necesitaba pero la mayoría lo queríamos y digo queríamos para incluirme dentro de los miles, quizás millones, de personas que en cuanto vimos que ya estaba disponible en México nos suscribimos; unos a través del pago de anualidad y otros en la versión de prueba gratuita que después tendrá un costo y será una cuenta más pagar en cada quincena.

            Pero, más allá de si el contenido es bueno o no, que en definitiva si se es un entusiasta de la nostalgia, vale cada peso, comienzo a pensar que estamos pagando por algo que no vamos a poseer jamás. Evidentemente no me refiero al contenido, sé que estamos, en el mejor de los casos, rentando películas o series y llevamos años haciéndolo.

            Recuerdo cuando tenía 18 años, ya hace 8 años, y alguien me dijo que descargara Spotify, que era una plataforma genial de música, recuerdo que al entrar fue de “Qué tipo de paraíso es esto”, unos meses previo a eso, todavía descargaba música a la vieja usanza o exportando discos que compraba, pero con un pago de $99 al mes el cielo era el límite.

            Luego llegó Netflix y todo fue aún mejor, cientos de películas en buena calidad, sin anuncios y todas disponibles para mí; evidentemente el modelo de negocios era demasiado tentador y cada vez más compañías querían un pedazo de la chuleta que, pues, equivale a un chingo de millones de dólares al año. Era cuestión de tiempo para que el más gigante de los gigantes hiciera acto de presencia y reclamara su dinero, pero, la cuestión es ¿por qué?

            Hace unos minutos, sentado frente a la maravillosa, tan llena de posibilidades y frustrante página en blanco, entró mi mamá al cuarto y comenzó a hablarme de la serie de The Crown, evidentemente también se paga una membresía en Netflix y Prime video, pero dijo algo que retumbó en mi cabeza.

            ―Ayer vi el primer capítulo de la cuarta temporada pero me la pones difícil ahora con lo de Disney.

            No sé si fue una reacción demasiado exagerada de mi parte pero me retumbó. En su caso, todavía es una mujer que trabaja y, para el caso, yo también, aunque esté trabajando en casa aún, tengo un horario que cumplir y en realidad, el tiempo para ver algo se reduce a quizás 4 o 5 horas al día, eso sin contar otras actividades.

            Pero resulta abrumador que para ver todo el contenido de Netflix haría falta dedicar poco más de 4 años de manera continua, y en Prime video son alrededor de 3 años, esto obviamente fluctúa por el contenido añadido y borrado, y sin contar aún lo de Disney +, caigo en cuenta que estoy pagando por un contenido que nunca voy a tener el tiempo de terminar de ver; pago por un producto que no consumo en su totalidad sin embargo el producto en sí ya da algo. Me explico.

            ¿Han estado en una conversación y de pronto alguien dice ya vieron ―inserte nombre de cualquier serie popular― y al decir que no, lo miran como si tuviera lepra? Bueno, en mí caso no he visto GoT ni Breaking Bad, no sé, no me he dado el tiempo, a lo mejor son unas joyas pero cuando me visto en la necesidad de decir que no, pues, los comentarios vapuleadores llegan.

            Ahora, ¿imaginan la reacción de alguien cuando otra persona les dice que no tienen Netflix o Spotify? Es como si no fueran parte de esta sociedad, como si vivieran en el pasado; no importa lo que ahí vean o escuchen, la cosa es tenerlo porque da como una credencial de ser un miembro productivo de la sociedad: tengo dinero para pagarme la suscripción.

            Y, quizás suena muy pesimista pero creo que estamos pagando los servicios de streaming por la ilusión de tener tiempo para ver el contenido. Para el 2025, según varios sitios de Internet, los millennials (personas nacidos entre 1980 y 2003-5) representarán el 75% de la población económicamente activa, es decir, de 10 amigos que tengamos 7 se van a estar partiendo el lomo para trabajar.

            Y todos sabemos que el trabajo chupa la vida.

Por eso los contenidos de streaming optan por atraer nuestra atención, somos su fuente de ingresos presentes y futuros, nos quieren enganchar y por eso también el auge de las series, saben, se dieron cuenta por la televisión, que la gente tiene menos tiempo de ver películas, por eso montaron la trama en capítulos, que se pueden ver camino al trabajo o de vuelta a la casa o en la hora de comida. O, algunos, ver una película en pausas.

Supongo que es por esa ilusión del tiempo que queremos prolongar tanto las conversaciones de una serie. Cuando terminé de ver Merlí pues no tuve mucha gente con la cual conversarla y en cierta forma, me hizo sentir como que parte de mi tiempo había sido en vano; porque mientras mi Facebook estaba lleno de La Casa de Papel pues yo recién terminaba una serie que había acabado años atrás.

Pero es esto, uno se casa con una serie y hasta terminarla, por eso se exprime hasta lo más posible, porque, creo, se forma una especie de simbiosis con ese contenido porque no solo le damos el dinero a la plataforma, le damos lo más valioso y escaso que tenemos: tiempo.

Y mientras más tiempo le demos, es mucho más probable que también vayamos a dar más dinero y circular el dinero en otros servicios. No sé ustedes pero casi estoy deseando el fin de semana, encargar pizza y sentarme a ver los clásicos de Disney y estoy consciente que es algo efímero y que inclusive es una muy buena estrategia de mercadotecnia hacernos creer que las plataformas son nuestras amigas pero, creo que no importa, el mundo en general, políticos, gobiernos, educación, economía, y todo, nos ha hundido hasta el suelo y nos ha exprimido tanto sin dar nada a cambio (solo basta mirar todas las manifestaciones que hay en el mundo), y a veces, solo a veces, la única salida, ese momento de felicidad y de decir “Chingado, para esto me mato trabajando” se encuentra en darles nuestro tiempo a las compañías a cambio de que nos recuerden como era eso de ser felices.

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