Por Carlos Ernesto Martínez
Era 31 de octubre, cerca del mediodía, cuando vi a un hombre muerto. No está en mí ser una persona morbosa pero mi mala vista y el hecho de en ocasiones no utilizar mis lentes, pues, me ha colocado en sitios nada deseables. Como aquella vez que caminaba por la calle Sexta entre Revolución y Madero en la que vi a un hombre asesinado.
En esa ocasión eran cerca de las 10:00 P.M., iba cuadra abajo cuando un hombre andrajoso venía en mi dirección pero con la mirada enfocada en adelante, en no voltear pese a que mujeres que estaban frente de mí gritaban en su dirección pero nadie se movía de su lugar. Conforme me iba acercando vi un bulto en el suelo pero a esa hora, fuera de un bar, pues, creí que solo era un hombre más al que se le habían pasado las cervezas y que su amigo, ese que había pasado delante de mí, lo había abandonado.
Conforme me iba acercando, los balbuceos de las personas se iban convirtiendo en palabras de desesperación y angustia y cada vez más personas estaban siendo sacadas del bar en cuestión. Solo al estar suficientemente cerca pude ver que aquel bulto tenía una bala en el cráneo y que aquello que instantes previos había pensado que era agua tirada, en realidad era un pequeño río de sangre que iba a dar hasta la calle. Aquellos ojos abiertos con la sorpresa de la inesperada muerte no creo que vaya a olvidarlos.
Poco después de haber llegado a la esquina y abordar un taxi, la calle fue cerrada por una decena de patrullas, desconozco si habrán dado con algún sujeto y también dudo en que la investigación haya seguido más allá de un parte policial con mala ortografía, en donde se describe uno de los tantos muertos que se encontrarían esa noche.
Ahora, a poco más de un año de ese primer encuentro con la muerte repentina en una ciudad que hace gala de mantenerse en la cumbre de la violencia, hallaba otro occiso y mi acercamiento ocurrió de la misma manera, por mi mala vista. Era la calle 10, entre Revolución y Madero (de nuevo), cuando desde la esquina vi un área acordonada con cinta amarilla pero, en estos momentos de pandemia, muchos carritos que venden en la calle, en un intento de ponerse a salvo, delimitan un perímetro “seguro” para continuar con su trabajo. Pensé que sería algo así y continúa mi camino.
Solo, al estar a unos 15 o 20 veinte pasos vi que había una patrulla estacionada y fuera de ella dos oficiales viendo hacia el piso, impidiendo el paso por esa vía y hablando por el radio. A los pies, un hombre de unos quizás cincuenta años, recostado en la banqueta, yacía sin vida.
Contrario al que había topado en el pasado, este hombre parecía que solo se había acostado para dormir y que en ese momento de sueño la muerte decidió llevarlo. Me imagino que habrá sido algo demasiado sorpresivo ya que a su lado aún había unos montones de ropa y una bolsa negra, de esas que son características de los indigentes. Para ese momento, lo que me tenía sorprendido no era la muerte sino la reacción ante la muerte de los que ahí estábamos.
El señor de los tacos al vapor aún vendía, con el cuerpo a unos 5 o 6 pasos, una familia que se había estacionado a un cajón de distancia de donde ahora estaba el muerto se encontraba guardando el mercado: mamá, papá y una hija de unos 3 o 4 años actuando con la mayor normalidad del mundo. Haitianos del otro lado de la acera, viendo. Y gente entrando y saliendo como si nada del supermercado. Tal era la indiferencia de todos que hasta me hizo considerar que quizás, solo quizás, las muertes violentas de desconocidos son las que serán recordadas.
Porque aunque la gente quiera convencerse de que la muerte es pareja, justa y a todos nos llega, pues, no creo que sea así. Lo único en común es que se pierde la vida, fuera de eso, nadie en realidad va a lamentar la muerte de un indigente, ni siquiera yo realmente, solo me detengo a pensar en qué momento a partir de qué fue que la muerte del otro empezó a importarme menos.
La única forma, creo, en que podemos lamentar una muerte ajena es a través de dotarle de una historia y quizás de un valor más allá del que realmente tuvo. “Quizás era el hermano de alguien”, “Puede que haya tomado malas decisiones en su vida y por eso terminó así”; “Alguien quizás estaba buscándolo y ahora no lo encontrarán”, no sé, palabras huecas, de empatía hipócrita que, para mí, solo dejan claro que la vida perdida (la muerte) solo tiene valor si fue vivida y sí creemos que había alguien más que apreciaba esa vida.
A lo mejor ese hombre de ahí era feliz siendo indigente, a lo mejor en esa última dosis se sintió pleno o en ese momento de descanso, pensando que después se pondría de pie para buscar latas, sintió dicha y con eso se fue; no lo sé, no quiero caer en ese mismo juego de tener que imprimir una narrativa en la vida de un hombre que no conocí solo para que su muerte signifique algo. Pero resulta curioso que encontrara a ese hombre en vísperas de día de muertos y que solo será recordado, pues, precisamente por eso, por su muerte; y solo para algunos.
Creo que la ciudad, Tijuana, nos está dando más muertes de las que podemos asimilar y lo único que ha provocado es que tengamos una corteza, en donde si abarrotamos las calles con el riesgo de que nos dé COVID y morir, pues, qué más da, vida solo hay una y de algo habrá que morir. O si un carro placoso se detiene a nuestro lado y nos asesinan, pues, bueno, ya nos tocaba. Estamos casi a nada de ser una cifra más en una estadística por suceder.
