Opinión | Los límites de la bondad

Por Carlos Ernesto Martínez

El aire era frío y seco, pero lo sabía más por la intuición más que de manera física y porque mi celular decía que estábamos a 20° lo cual ya se asume como fresco y un poco frío; pero no experimentaba la menor sensación de molestia; el verano prolongado había acabado con mis ganas de vivir y el COVID-19 amenazaba con acabar mi vida. No era quizás el mejor año para estar vivo, pero se estaba.

            Cuando salí al balcón, único espacio en donde puedo conectar con el exterior y maldecirlos por estar afuera, lo que se traduce en mayor encierro, ví aquellos seres, recostados en la entrada de mi casa los cuales no eran nuevos para mí (como especie), pero las sensaciones, emociones y sentimientos que despertaron en mí sí que lo eran.

            No eran seres muy diferentes a aquellos que me había topado en antaño en mis andanzas por la zona centro de la ciudad; en la calle Madero entre Segunda y Tercera, recostados en las paredes de algún local que al verte pasar te pedían una moneda o te invitaban a sentarse con ellos. Pero ellos eran los amables, estaban los otros ausentes en sus pensamientos y en desprenderse las costras que invaden su piel; buscando algún espacio de piel sana en donde clavar la jeringa, usada quien sabe cuántas veces, con la cual la heroína los conectaría en un lugar diferente.

            Al verlos ahí, tirados, con los ojos en blanco y preguntándome si faltaría mucho para su muerte, sentía compasión por ellos. La historia de un final tan trágico suele ser la travesía de la tragedia misma, una larga cadena de atropellos de una vida que pudo haber sido otra pero algo, en algún momento, salió mal. Para mis adentros pensaba que quizás, de estar en esa situación, lo mejor sería que esta (esa) vida terminará.

            Pero al estar en el semáforo y echar la mirada atrás, seguían ahí, recostados, sin realmente dañar a nadie, al menos a mí no porque yo estaba de pasada, segundos eran los que pasarían para que el semáforo me diera el cruce y olvidara (hasta el día siguiente o hasta que volviera a pasar por ahí) a esos seres trágicos que despertaban mi compasión pero tampoco tanta. Solo sentía un “pobres, que trágico estar así”, pero mi vida continuaba y la de ellos también.

            Al estar en mi balcón y verlos ahí, una pareja de andrajosos, ominosos, pestilentes, nauseabundos y drogadictos-vagabundos, sentí coraje, porque no solo estaban ahí, sino que habían elegido como morada la entrada de mi casa, porque mi balcón les servía de techo y la pared del edificio de a lado les aseguraba sombra todo el día.

            Cuando el coraje no podía estar más arriba, caí en cuenta que todas sus pertenencias estaban con ellos, probablemente habitaban alguna otra zona de la colonia y los corrieron, por lo cual trajeron toda su “basura” a mí entrada. No eran esos seres trágicos del Centro a los cuales solo veo de pasada y que, precisamente por eso de que no estarán seres conmigo el resto del día, podía empatizar con su tragedia; éstos estaban aquí, habitando el mismo espacio que yo y la bondad que pude haber sentido en algún momento estaba en su límite.

            A lo largo del día estuve dando vueltas al balcón, él había desaparecido y ella se encargó de espantar a los transeúntes. Incluso a una mujer que venía de la lavandería la correteó, tuvo que pedirle ayuda al señor que vende hot-dogs y éste no se acobardó pero la indigente tampoco y golpeó varias veces el carrito.

            En el balcón de a lado estaba un señor que supongo que me triplica la edad, en su mirada había el mismo sentimiento de desagrado por la situación que yo sentía, al verme me dijo que no había nada que hacer, que la patrulla no se la iba a llevar (algo que ya sabía porque no es la primera vez que ocurría algo similar) y que nada. Básicamente eso: nada.

            Al ausentarse, salí, me puse unos guantes y con algo que está más allá del asco tomé su basura con la cual habían hecho una especie de cama y lo tiré. Quizás les estaba arrebatando su última conexión con la humanidad a través de algo tan básico como un lugar para dormir cómodo. Cuando volvieron, gritaron que les devolvieran sus cosas pero a los segundos, supongo que por efecto de algo que se metieron o ya por causa de todo lo que se habían metido, comenzaron a cantar a media calle y traer más basura que la iban colocando de manera aleatoria en diferentes partes de la calle o encima de algunos automóviles.

            Por más de 10 diez horas tuvieron más de 10 conflictos con algunos de los habitantes de la zona, a algunos no los había visto desde hace meses pero ahí seguían y cada uno empatizó con el vecino, al cual le habían dejado basura frente a su hogar y que no importaba cuanto se quejara, una autoridad nunca iba a llegar.

            Alrededor de las ocho o nueve de la noche un automóvil llegó, habló con ella, la más agresiva, tomó su carrito de supermercado repleto de basura, se fue calle abajo, el carro encendió las luces, se fue en la misma dirección y ninguno ha vuelto hasta la fecha. Y pudiera mentir diciendo que mi primer pensamiento fue de “ojalá y la ayude” pero en realidad fue “ojalá y no vuelva”.

            Porque creo que todos podemos ser bondadosos y empáticos con el otro, con la tragedia y las penas ajenas, siempre y cuando para uno (como para mí en este caso), solo la experimentamos de manera temporal; que contemos con un espacio en el cual podamos refugiarnos de toda la miseria y problemas del mundo, en ese espacio en donde podemos recargarnos, descansar y motivarnos a seguir. Pero si el mundo nos alcanza en ese espacio, en nuestro espacio, los límites se desdibujan, porque no hay ningún lugar para descansar.

Porque uno puede ir de vez en cuando a mirar el abismo, contemplarlo, tratar de hacer algo y luego marcharse, pero cuando este abismo crece tanto que nos alcanza, es difícil ignorarlo, y el abismo puede mirarnos de vuelta y nos recuerda que esos límites, esas barreras y barreras de moralidad que creíamos tener, bueno, quizás no eran tan fuertes y nosotros ni tan buena gente como pensábamos.

Carlos Ernesto Martínez

Deja un comentario