Opinión | En la opacidad de la luz

Por Carlos Ernesto Martínez

Al despertar el treceavo día del décimo mes del veinteavo año del segundo milenio…la cabeza me daba vueltas. La noche anterior me había desvelado viendo películas de terror y trajo consigo sueños ominosos en los cuales el cierro se tornaba gris, los nubarrones descendían hacía el suelo y de ellos comenzaban a salir seres antropomorfos.

            Estos seres eran pequeños, homúnculos, que hubiera podido aplastar pero no podía, sus rasgos, aunque carentes de forma, tenían algo de familiar. No me recordaban a nadie concretamente pero eran como esas personas que ves y crees conocer porque su rostro te parece haberlo visto antes. Era eso, esa falsa familiaridad, y que vestían una especie de túnica con tocados que resplandecían como oro.

            Cuando caí en cuenta que no podía hacer nada contra ellos, no es que no quisiera, es que algo en mí me lo impedía, comencé a correr en dirección contraria. La calle era muy parecida a mi colonia, sin embargo, el asta bandera estaba oxidado, conforme las nubes lo iban absorbiendo éste se desgastaba aún más, aún corriendo escuchaba como crujía y los gritos de algunos militares se alzaban como último esfuerzo de que la bandera no tocara el suelo.

            Las nubes tocaron completamente la tierra y el cielo quedó vacío, completamente negro, ni un rastro de estrellas, planetas, nada, solo vacío. Un vacío, un abismo, como ver a un agujero de frente; era algo tan hipnótico que sin darme cuenta dejé de correr. Contemplaba lo que se alzaba frente a mí, me sentía tan pequeño pero no de una forma inferior, sino que estaba disminuido y agradecido por existir en el mismo momento que algo tan maravilloso y perfecto como lo era ese vacío. Algo dentro de mí sabía que no podía tocarlo pero quería fundirme en él.

            No sé cuánto tiempo estuve absorto pero los alaridos de personas me sacaron de esa hipnosis. Miré a mí alrededor, no había más que casas y de cada una de ellas brotaban los gritos. Desesperación era lo que manifestaban y cuando se silenciaron solo quedó un pequeño hilo de tristeza y nostalgia en el aire, que pronto fue absorbido por el vacío que venía en mi dirección.

            Al estar por la Torre de Aguacaliente miré a mi alrededor y nada de lo que recordaba de mi colonia existía, escuchaba como la marcha de los homúnculos se acercaba a mí, el brillar dorado de sus ropas auguraba algo bueno, la bondad y la maravilla de existir, pero bastaba con alzar un poco la mirada para ver que detrás de ellos ya no había nada. Todo era negro.

            Seguí corriendo hacia el Este, no había ningún otro espacio hacía donde moverme, seguía adelante pero cada vez estaba más cansado, de vez en cuando miraba hacia atrás y miraba algún restaurante aún no absorbido, detrás de él ya no había nada, pero trataba de recordar qué existió antes. Un restaurante italiano, una óptica, una oficina de correos, una tienda de abarrotes, una paletería, una farmacia, una vidriería…

            Pensaba en lugares para no olvidar, tenía que seguir corriendo, con suerte me toparía con alguna persona y le advertiría, pero todos estaban inmersos en sus mundos, en sus casas, nadie notaba nada hasta que eran absorbidos. En ese momento, cerca de donde está el Hipódromo de Agua Caliente, caí que no solo se estaban llevando lugares sino a la gente con ellos y los sucesos que allí acontecieron. No quedaba nada, ni una piedra la cual evocara un momento del pasado, jamás se volvería a escuchar un “¿Ves esos tacos? Ahí venía después de la fiesta” o “En ese parque conocí a mi pareja”, todo se estaba perdiendo. Lugares, gente, memoria. Y me cansé de correr.

            La estela cada vez se fue acercando más a mí y con ella la oscuridad detrás. Mentiría si no me sentía maravillado y parte de un todo al contemplar algo tan hermoso e imponente como la luz máxima y la oscuridad más profunda. De pronto vislumbre a los hombrecitos, venían en mi dirección, nada los detenía, era como si su pura presencia bastara para desaparecer todo a su paso. Me quedé inmóvil, parado, esperando a que llegaran a mí, con la solemnidad de alguien que siente cerca el fin pero que está dispuesto a dar una última pelea, al menos para desquitarme un poco; pero no se detuvieron, siguieron de largo, sentí como me iba desvaneciendo, como estaba siendo absorbido primero por la luz y luego por la oscuridad. Cuando desaparecí completamente, abrí los ojos y la cabeza me daba vueltas, era el treceavo día del décimo mes del veinteavo año del segundo milenio.

            Eran cerca de las nueve de la mañana, no tenía café en la casa y a unas cuantas cuadras se encuentra un expendio. Me vestí, tomé mis llaves, teléfono, cartera, audífonos y cubrebocas. A las dos cuadras de avanzar topé con una manzana que había sido demolida para construir unos condominios, al caminar un poco más, el anuncio de que estaban construyendo un edificio de departamentos. Me faltaban tres cuadras para llegar a mi destino y a mi alrededor se alzaban edificios que no estuvieron en mi niñez, adolescencia y juventud; traté de recordar que había ahí, qué memorias pasaron en aquellos puntos y no pude recordar, solo tenía vacío, como si nada nunca hubiera pasado en las calles de mi colonia, de mi zona, y ahora no había nada que me ayudara a recordar.

            Llegué al expendio con el sentimiento de estar siendo desplazado de mi misma ciudad, por hombres que con poder que venden una idea resplandeciente que solo trae oscuridad para los que habíamos llegado antes.

Carlos Ernesto Martínez

Deja un comentario