Por Carlos Ernesto Martínez
Si algo me ha ayudado a sobrellevar este encierro es el hecho de poder darme mis gustitos. Claro. No es algo que no hiciera ya antes para ayudar a sobrellevar mi existencia pero, como en todo, he tenido que aplicar nuevas medidas para no ponerme en peligro. Anteriormente, en el 2019 a.C., es decir, antes del año 1 d.C. (Después del COVID), iba a Gandhi o a El Día a comprar libros. Iba al restaurante que quisiera a comer o iba a comprar camisetas a Like Comic. Sin embargo, en este nuevo año tuve que saciar mis gustitos a través de League Of Legends, Amazon, Kindle Unlimited, Steam y, bueno, el punto es que necesito gastar para sentir que compenso mi existencia. ¡Viva el Capitalismo!
Sin embargo, el gastar no trae satisfacción, menos cuando ve su refrigerador vacío y no se puede comer un libro en formato Kindle fuera uno físico otra cosa sería. Hace unos años me vi en la necesidad de alimentarme con un “El Ser y la Nada” cosecha del 89, impreso en Buenos Aires. ¡Uff! Por algo dicen que Sartre ayuda al interior.
Entre el hambre, la desesperación y el ronronear de mi pancita, encontré en el congelador un filete de pescado congelado que no podía recordar cuándo se había comprado; en el frutero un camote que comenzaba a tener brotes; y en el refrigerador, dentro de un envase de yogurt, espagueti en salsa.
Todo era comible a excepción del espagueti, expedía un aroma que ya se acercaba más al hedor pero las porciones extraídas del filete de pescado y el puré de camote parecían que no sería suficiente. Contra todo instinto natural, calenté el espagueti y me lo serví. El aroma no mejoró, al contrario, como que se asentó. Tomé el tenedor, enrosque las tiras de pasta en el utensilio, conforme se acercaba a mi boca mi nariz quería salir corriendo para convertirse en Consejero del Estado y probablemente mandarme a torturar como yo lo estaba haciendo con ella en ese momento.
Solo bastó en que el bocado tocará mi lengua para que lo escupiera, no sé cómo pero escupí más pasta de la que había enrollado. Saqué un envase del congelador, también de yogurt, ese en donde se guardan desperdicios para no tirarlos por el lavaplatos y tampoco en el cesto de basura para no hacer animales, y vertí la pasta. En ese momento, como sentencia y marginando más a lo que en su momento, una semana atrás, había sido un buen alimento dije “no vale la pena morir por esto” y esa misma frase me recordó cuando tenía 18 años.
En aquellos años, en mi recién estrenada mayoría de edad además de haber sobrevivido al fin del mundo del 2012, la tendencia fue Andrés Manuel López Obrador contra Enrique Peña Nieto, en ese momento no sabía las cosas que sé ahorita pero sabía, o fingía saber, que la política era algo de buenos contra malos; para todos los que vivimos en México sabemos que el malo es el PRI sea en la elección que sea.
Y, para buena o mala suerte, se dio el movimiento #YoSoy132. Sin nada más que hacer, motivado por mi entonces vocación de borreguito, me fui a manifestar a la Plaza Monumental de Playas de Tijuana, lugar donde se llevaría a cabo el mitin de Enrique Peña Nieto. Cabe aclarar que sí, lo vi a través de la ventana, sentado detrás del conductor, a su lado Angélica Rivera y en mi vida he visto pareja más hermosa.
Evidentemente no logramos nada ese día, aunque compañeros se jactaban de haber dejado claro el mensaje. La gran mayoría nos fuimos al puente peatonal del acceso a playas. Ahí no sé que esperabamos pero algo esperabamos. A los minutos de asolearme supe que esperamos a que saliera de nuevo Peña Nieto para volverlo a increpar. Él fue más listo y más bajo que nosotros, salió en una ambulancia y nosotros, pecando de buena gente, la dejamos pasar sin sospechar nada. Pero la morena nos concedió otra oportunidad, un camión de Eligio Valencia, candidato a Senador si mal no recuerdo, venía en nuestra dirección.
Unos cuentos muchachos y yo nos paremos frente al camión, recuerdo que a mí lado derecho estaba un estudiante de medicina, lo sé porque traía su bata, el camión no frenó pero disminuyó considerablemente su velocidad, de poco en poco nos iba moviendo pero de pronto, de la banqueta unos sujetos nos tomaron y nos quitaron de frente. Uno de ellos me dijo “No vale la pena morir por esto, compañero”. Con la confusión de la frase y el no entender de qué trataba toda la manifestación, me dijeron que iba a haber una asamblea en la que estaría un sujeto que actualmente es de los pilares locales de MORENA, y decidí mejor regresar a mi casa.
La elección la ganó el PRI, no hace falta recordar en detalle ese sexenio pero si en la creación de MORENA y su victoria en 2018. Ahora, con los años, y mientras vertía ese espagueti en la basura, no sé, pensé que quizás la ciudadanía estaba hambrienta, también le ronroneaba su pancita y solo tenía opciones aún menos antojables que una pasta que ya olía raro.
No es que MORENA sea malo, que lo es, sino que todos los partidos políticos, al igual que ese espagueti y probablemente todas las demás opciones de mi refrigerador, ya están caducos. Son la representación de otros tiempos, de una organización muy diferente de una sociedad no tan diversa como lo es hoy en día. No es de extrañar que la juventud no esté votando, sí participa de forma política pero no a través de los partidos. No representan a las generaciones; solo están creados y funcionan a través de un sistema de vencidos y vencedores. Como si de fútbol se tratara y no de un país que, gane quien gane, siempre serán mayoría los que no votaron por ese ganador.
Metido el contenedor en la nevera, ví que lo que estaba en mi plato tiene mucho mejor pinta y no expedía ningún olor raro, y caí que, aunque no salgo, allá afuera, todavía pese a la pandemia y los riesgos que hay en este país, la gente, jóvenes de mi edad, mayores y menores, se manifiestan por causas que están más allá de partidos, están reclamando causas que ya han costado muchas vidas porque, mientras de un lado ponen seguridad, policías y mismos representantes de partidos llamando a la “civilidad” y a no ponerse en riesgo. Por el otro, el número de muertes en este país aumenta. Sí existen causas por las que vale la pena morir; esas que le han quitado la vida a otras personas.
