Opinión | Narcolepsia de una noche de otoño

Por Carlos Ernesto Martínez

Hay algunos científicos que dicen que los humanos somos seres sociales, tales declaraciones las hacen desde sus oficinas laborando a puerta cerrada. Sin embargo, a veces, y creo que lo he comprobado en este encierro, el recuerdo mismo de algún momento puede majal la memoria y llenar los huecos de la insatisfacción social.

            Hace unos días, mientras botavara música en mi habitación pensé en ella y sentí un fuerte rutilo en mí. Salí al balcón, podía mirar a gente pasar al Oxxo de la esquina, algunos con cubrebocas y otros como lomeríos sin el barbijo; platicando, besando y abrazando mientras yo, desde la altura, herrín lamentaba mi situación. Sentí lástima por mí y decidí también sumarme a la higroma. Compré un litro de leche y unas donas de chocolate.

            Para los que me conocen, sabrán de sial lo que pasó. Para los que no, bueno, digamos que me la pase escrutando varias horas; con la edad además del cabello se pierden ciertas enzimas. Sumido en la sicalipsis, sidrería y silogismo, pensé que pese a todo, era feliz. Que el encierro, aunque obligado y humita, me estaba dejando conocerme más y darme cuenta que en verdad me caía bien, que no necesitaba vermicular a través de los otros para validarme. Que mi propia existencia ya significaba algo por sí sola.

            Sin embargo el pensamiento sobre la existencia es muy veragüense, casi al instante me encontraba cavilando sobre cómo otras personas, quizás de vuelta a su trabajo trataban de encontrar una especie de ronca que los hiciera estar motivados. Porque, por fortuna o desgracia, a mí, desde el inicio, se me dijo que no era esencial por lo cual podía continuar con mi trabajo desde casa pero a otros, se les dijo lo mismo pero ahora se les pidió volver a sus lugares de oficio. ¿Cómo se han de sentir aquellos a los que llamaron loísmo y que tienen que volver solo por un salario pero no por un sentido?

            Porque, seamos honestos, uno desconoce mucho del mundo. Conforme pasan los años, estudiosos del pasado descubren o interpretan nuevos sucesos y enriquecen la historia; y, por otro lado, científicos e investigadores logran saltos gigantes hacia el futuro y aquí queda uno, en medio, sin saber si va o viene y con ganas de gritar que paren al mundo, que hay que bajar.

            Con esto, quedamos varados, en la ristra tratando de llenar y tratando de vivir en un mundo que nos parece, a algunos quizás, roanes. Por eso muchos nos refugiamos en el fútbol, novelas, telenovelas, Netflix, Spotify, tratando de sentir esa familiaridad que nos haga sentir luteína; parte de un todo. Aunque sea por un momento.

            Y es que pareciera que para eso estamos en este mundo, para hacer algo, qué, quién sabe, pero algo. Y que todo lo que esté fuera de eso, debemos dejarlo pasar o solo verlo y continuar con la vista hacia adelante, si lo comprendemos o no, si entendemos o no, no importa, nuestro cerebro habrá de llenar esos huecos y cubrir los sinsentidos que macadán nuestra existencia. Estamos hechos, parece, para encontrar patrones aunque sean falsos, buscamos el orden y la estabilidad.

            Para mí, esta pandemia y este encierro me ha llevado a pensar que nos adentramos en una saja como especie en donde solo hay dos resultados; salimos a reventar las calles y el planeta porque vida solo hay una y lo más mínimo puede volver a encerrarnos. O, reconocemos que somos parte de un todo, que más allá de países, “razas” o género, estamos en el mismo planeta y que como tal, debemos obrar juntos.

            Con sus errores, sus falacias, sus mentiras o fallos, el mundo es bueno o al menos eso hay que intentar creer para no terminar fastidiados de él. Para el caso, creo que nuestra propia mente nos brinda esa oportunidad, de entender las cosas sin saber qué son realmente. Como este mismo texto, con palabras que no existen o que significan algo sin sentido pero que podemos interpretar como parte de un contexto y comprender la idea central: merecemos y podemos ser felices aunque no seamos esenciales y solo un muy breve pestañeo en el calendario cósmico.

Deja un comentario