Por Carlos Ernesto Martínez
A veces me da por pensar en la muerte pero no porque, valga la estupidez, dejaré de vivir; sino porque pienso ¿quién se quedará con mis cosas?. Y antes de pensar en que tengo mucho para heredar, la verdad es que no, solo tengo algunas cosas que creo que alguien podría apreciar, misma persona que quizás está esperando que me muera para reclamarlas.
Y no es que me quiera morir o piense en que nada tiene sentido, no, me encanta vivir pero en un país como en el que vivimos si no te mata el crimen organizado, te mata algún automovilista porque la ciudad no está diseñada para peatones; o te mata la comida que tiene el nuevo etiquetado negro (que es básicamente todo lo que venden en las tiendas de autoservicio); o te mata alguna persona que está en contra del activismo en cualquiera de sus causas; o, ya como el colmo del milenio, te mata una pandemia. Prácticamente y contrario a lo que se dice en muchas manifestaciones, este país no te quiere callado o sumiso: te quiere muerto.
Es por eso que pienso constantemente en qué heredar a los míos. Esto me ha llevado a cavilar sobre los ancestros, esos seres casi míticos de los cuales casi no sabemos nada pero que están ahí para nuestro socorro: los y las abuelitas. Estas personas capaces de oler la lluvia y siempre ver los reportes del clima en los canales de televisión locales, heredan cuando ya la sienten cerca o, en algunos casos, cuando ya fueron y una persona, muy impersonal, dice que dejó.
Un terrenito, unas alhajas, quizás algunos muebles, no importa, la cuestión es que heredan cuando la edad no da para más pero que si vivieran para siempre probablemente no soltarían nada. Y están en su derecho.
Pero los tiempos han cambiado, a mis 26 años pienso en que debemos cambiar las cosas y comenzar a soltar desde antes. En el Derecho (así con mayúscula porque es un área del conocimiento, solemne que hace que nos alejemos de ella por tediosa e inalcanzable), la herencia es el acto jurídico mediante el cual una persona que fallece transmite sus bienes, derechos y obligaciones a otra u otras personas, que en conjunto se denominan herederos. Y con esto me pregunto ¿y si el bien falleció o está a punto de fallecer por qué no puedo heredarlo?
Me explico. Hace unos días estaba limpiando mi cuarto (así de aburrido estoy), cuando abrí mi maleta y encontré viejas computadoras portátiles; en total han sido seis. La sexta es la que actualmente uso y la que me ha permitido hacer muchas cosas como por ejemplo no perder la razón durante el confinamiento ya que puedo jugar videojuegos, pero la quinta, en su momento, tras dos años de uso, comenzó a presentar fallos y pensé “este bien ya está a punto de fallecer, para lo que necesito una computadora no funciona muy bien. Se la voy a heredar a mi mamá, al cabo ella solo la usaría para el feis y Word”.
Y creo que es algo extendido en nuestra generación, hermanos o hermanas mayores que heredan celulares a los de abajo para poder comprar alguno mejor. Ropa que se pasa, muebles entre parientes, vaya, bienes que en lugar de pasar a la basura, se heredan a personas que le pueden dar uso y alargar la vida útil.
Lo cual también me ha hecho replantearme la posibilidad de que habría otras personas que deberían heredar sus obligaciones: los partidos políticos. O, mejor dicho, las figuras políticas. Los Calderón del PAN al México Libre. Obrador del PRI-PRD-MORENA. Elba Esther y su grupo del Nueva Alianza al Redes Sociales Progresistas. El PES al Encuentro Solidario. Y así podría seguir, nada nuevo está surgiendo, se resisten a morir chupando la poca sangre que le queda al país.
Quizás sería el momento en que se reconozca que lo que ellos representan está a punto de fallecer o ya falleció desde hace años, desde que la mayoría de la población le vale un chosto el salir a votar. Porque la Democracia en este país cada vez se está volviendo cada vez un juguete más caro. No deberían ser tan renuentes al heredar de una vez, si bien no a sus juveniles (porque están cortados por los mismos ideales), si soltar un poco el poder. Solo para ver qué pasa, quizás nos agarramos a madrazos todos como tíos en navidad peleando por el terreno y los que estamos en el sillón de amargados digamos “Ay, ojalá y el ancestro no se hubiera petateado”.
Al final del día, la muerte no ha llegado pero tengo que pensar en qué dejaría si llegara a desaparecer. Porque, como lo dije, pareciera que solo existen para chupar sangre y quizás, al no ser su voto duro (yo, como otras tantas miles, millones de vida), quieran esa sangre derramada para seguir existiendo; y eso es lo único que quieren heredar de mí.

