Por Carlos Ernesto Martínez
Mucho he leído a grandes pensadores y académicos de distintas ramas del conocimiento diciendo y repitiendo que el mundo y la sociedad han entrado en una espiral de retroceso. Que tampoco es como que estén descubriendo el hilo negro o diciendo las grandes verdades, basta con no ver a tanta gente en las calles gastando dinero para darnos cuenta que algo está mal. Cuando digan cómo salimos de esta y caemos de pie entonces aplaudo.
Y con todo eso, con noticias generalmente malas y con personas al frente que tampoco sabe cómo manejar la situación pese a asegurar en campaña que tenía todas las respuestas, he llegado a preguntarme ¿cómo podré mantener mi salud mental con todo esto?
Como antes y al igual que la economía en este momento; he tenido que buscar en las “cosas pequeñas”. La economía por ejemplo, y la sociedad en general, ha tenido que apoyarse en la gente del campo para no sucumbir. Hasta el mismo Donald Trump ha girado la orden para facilitar la entrega de visas de empleo para trabajadores agrícolas. En mi caso, mi forma de reemplazar a las “grandes” diversiones que ofrece la ciudad de Tijuana fue comprar unos audífonos, una cuenta en Spotify y otra en Prime Music para encontrar música y explorar la calidad de ambos streamings.
De esta forma he pasado mis meses y ni he extrañado tanto el mundo exterior, sin embargo, hace unos días, en mis búsquedas maratónicas de música, encontré algo que no debí haber encontrado nunca, no solo por el contenido sino todos los recuerdos que trastoca y hace replantearme sobre si quiero seguir asociándolo como parte de mi vida.
Para esto, como retroceso rápido, hay que volver en el tiempo al 11 de junio de 2010. Partido inaugural de la Copa del Mundo de Fútbol, Sudáfrica (país anfitrión) vs México. En ese momento tenía 16 años de edad. Un tierno adolescente que estaba por conocer las pasiones que despertaba el deporte. Evidentemente en años anteriores había visto otras cosas pero digamos que esa fue la que tuve más conciencia.
Ahora bien, y seamos honestos, de años pocas décadas en adelante, aparte de los partidos, lo que mueve es cuál es la canción del mundial, quién la cantará y qué tan buena será. Sin duda, la mejor, hasta la fecha, es La Copa de la Vida de Ricky Martin en el mundial de Francia 98, quien diga lo contrario es que no sabe. Pero de ahí, el Waka Waka de Shakira es la canción y que, si algo otorgo, es que su vídeo musical es mucho mejor. Desde que suena el Waka Waka la piel se eriza.
Y claro, yo viendo ese partido, escuchando esa canción, gente cantando y toda la efervescencia del mundial me hicieron sentir en aquella edad que el mundo en verdad podía unirse por algo en común: un balón. Sin embargo, al igual que la estabilidad del modelo neoliberal frente a la pandemia, todo se derrumbó.
Hace unos días, para levantarme un poco el ánimo, decidí buscar música de generaciones pasadas. Musicalmente los 90´s ofrecieron mucho pero fueron los 80´s en dónde se sentaron las bases. Por ello, es que decidí retroceder a aquellos años, donde yo no estaba ni en el saco escrotal y el óvulo que lo albergaría no se había formado.
Para hacerme esto menos doloroso, de repente comenzó a pronunciar una voz dulce y melodiosa, acompañada de sintetizadores y otros efectos de sonido, las siguientes líneas:
Samina mina ¡eh! ¡eh!
Waka Waka ¡eh! ¡eh!
Samina mina zangalewa! ¡anaguah! ¡aah! ¡aah!
Y en ese momento algo se quebró. Una canción llamada El Negro no puede, interpretada por las Chicas del Can había sentado las bases de lo que sería el coro inolvibable del Waka Waka de Shakira; del soundtrack de mi vida de un recuerdo muy valioso.
Bien dicen que uno no busque si no quiere encontrar, pues bien, hay más. Wilfrido Vargas (que si a alguien no le suena por nombre, seguro recuerdan El Baile del Perrito) era el creador del grupo y quien había hecho la canción en 1985. También hay otro grupo llamado Golden Sound de Camerún que en 1984 hizo Zangalewa.
Y es que en realidad la canción, sea de quien sea en cuanto a ritmo y melodía. Porque sí, Golden Sound comparten la autoría con Shakira del Waka Waka. La parte que me generó conflicto es saber que previó a popularización en el 84, está letra era usada por los soldados de África como parte de sus marchas. Inclusive usada en la segunda guerra mundial. Y, como dice Jorge Drexler: La guerra es muy mala escuela. No importa el disfraz que viste.
Con esto en mente pase tres días en cama, lo bueno es que estaba de vacaciones en el trabajo y pude enfocarme en mis cavilaciones. Y lo mejor que pude decidir es que de ahora en adelante, tengo que buscar que es lo que me gusta para ser coherente con lo que pienso y mis valores.
Porque no puedo no emocionarme o sentir algo al escuchar el Waka Waka y más porque era aún un niño pasando a adolescente, quizás la canción fue reivindicada pero eso no quita que haya tenido consecuencias fatales en su momento para los soldados.
El mundo, la publicidad, la mercadotecnia, el arte e inclusive el conocimiento, nos ofrecen cosas sorprendentes, capaz de conmovernos y despertarnos muchas sensaciones pero si no comenzamos a preguntarnos, a cuestionarnos primero a nosotros sobre lo que nos gusta, cómo podremos hacerlo con los demás y esperar cambiar las cosas. Porque las cosas pueden estar mal, eso lo hemos sabido siempre y aún en este momento se repite, pero, quizás, con suerte, lleguemos al punto en el que se diga “sí, está mal pero se puede arreglar así”.

