¡Vuelve, Gal Gadot! o La apropiación del amor animal

Por Carlos Martínez

El encierro resulta complicado y más cuando durante la transición de la pandemia (en la cual seguimos) tuve que terminar con mi novia. Claro. Ustedes podrían pensar que es cualquier cosa cuando al mundo se lo están cargando, pero déjenme decirles que rompí con mi novia imaginaria y esas, que son las peores, son las más difíciles de superar.

            Obviamente mi novia imaginaria no era una conocida, amiga o contacto de Facebook, la verdad es que estoy acostumbrado a imaginar a lo grande. Hay este dicho de que “si eres capaz de imaginarlo, eres capaz de lograrlo” o algo así, y ella era Gal Gadot. Todo era miel sobre hojuelas, recorridos en los canales de Venecia pagados por ella; yo la llevaría a las trajineras de Xochimilco, en fin, íbamos a conocer el mundo juntos y hasta roncaba bonito. Pero me di cuenta que lo nuestro no iba a funcionar nunca porque ella sirvió en el ejército y yo ni he tramitado la cartilla (ni intenciones de hacerlo).

            Se imaginan, planear una vida juntos y que de repente, todo se desmorone. Más aún, ella aparece en todos lados. Hasta el momento no he vuelto a ver Wonder Woman ni Batman v Superman o Justice League (aunque la verdad no creo que nadie haya visto por segunda ocasión las últimas dos); y estoy en el dilema de ver el Snyder´s Cut.

            No tengo tantos amigos pero los que tengo me conocen muy bien y saben lo que tienen que decir en el momento justo. Aunque a veces no son muy brillantes.

            -Sabes, deberías de dejar de imaginar el amor y salir a buscarlo. Conocer algo más real, más natural y no solo tus fantasías extrañas que nunca van a ocurrir; principalmente porque tienes vencida la visa y está cerrada la frontera.

            Y miren, no soy un experto en el amor pero hay algo en su composición que me parece obsoleto pero que desde hace muchas generaciones nos hemos, como especie, negado a dejar morir o siquiera transformarlo en algo distinto. Me explico.

El amor, al igual que muchas cosas, no existe como tal. Uno no puede llegar a una tienda y decir “me da quinientos pesos de amor”, claro que en sitios algo parecido se podrá encontrar por ese precio pero también es algo que debería ya acabarse, pero eso es otro tema. Por ello, nuestra especie, el homo sapiens, y probablemente las que antecedieron y probablemente las que nos precederán, han copiado, adoptado y asimilado de la naturaleza pequeñas acciones para “demostrar amor”.

Hay aves que montan “bailes” para llamar la atención de la hembra. Lo cual no es muy diferente a un hombre tratando de mostrar sus mejores pasos de baile en la pista; porque se tiene la creencia de que un nombre que sabe bailar será mejor en el sexo. Fallo conceptual tomado del reino animal, ya que si el ave “baila” bien y sorprende a la hembra, asegura el coito y su reproducción.

Por ejemplo, nuestros primos cercanos, los chimpancés. Cuando una cría es pequeña y no puede valerse por sí misma, el macho y la hembra adultos (padre y madre), mastican la comida y de la boca se la proporcionan al menor. Lo cual podría interpretarse como un acto de “amor”. Que toda esta acción vendría a ser el ancestro del beso y sus variantes.

Y claro, casi todos los animales mamíferos y una que otra ave que se mueven en parvadas, tiene el acicalado; que en palabras más palabras menos, es la acción de limpiar, desparasitar o remover algún cuerpo extraño. Por ejemplo, los gatos generalmente lo hacen solos (es lo que llamamos bañar), pero otros animales, principalmente los que viven en sociedad tiene el “acicalado social” que es todas las acciones anteriores pero que lo hace alguien más. Esto sirve para forjar relaciones, aumentar la confianza entre individuos, refuerza la estructura social y estrecha los lazos familiares y de pareja. Y miren, yo no sé muchas cosas pero para mí esto es muy equiparable a la acción que hacen las parejas de sacarle los barros, espinillas o grasa facial a su pareja. Solo digo.

Y así podría seguir, pero creo que se ha entendido el punto. Me parece un poco extraño aferrarse a tradiciones arcaicas solo por el hecho de que “así ha sido siempre”. Los mapaches tienen su amor de mapaches, los caballitos de mar su amor de caballitos de mar, y quizás los seres humanos aún no encontramos esa forma de amor de los humanos. Todavía esperamos que las personas se ajusten a parámetros raros que solo responden a periodos históricos y culturales; pero eso puede cambiarse para que todos y todas puedan sentirse amados y con el derecho a expresar ese amor como les venga en gana.

 No lo sé, quizás ya me puse melancólico porque están pasando Rápidos y Furiosos  y recordé en lo feliz que era cuando estaba con Galgui (así le decía de cariño), pero bueno, así pasa cuando sucede. Yo le hubiera limpiado sus lagañas y la baba seca matutina pero ella se lo pierde.

Un 25 de marzo nació Carlos Ernesto Martínez, estudiante de Ciencias Políticas, entusiasta de la divulgación científica y enunciativo del humor. Feliz lector, ferviente de la escritura y furibundo constante. Considera que la consciencia es comunidad en una comarca compartida.

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