Creer en Santa Claus y los Reyes hasta los 17

Por Carlos Ernesto Martínez

Creer en algo es muy fácil (muchas veces conveniente) pero sostener esa creencia a través del tiempo es difícil (a veces contraproducente). Lo malo de mis creencias es que, desde que cumplí 18 años, no duran. Recuerdo que cuando tenía 4 años creia en Santa Claus, Reyes Magos y, además, en mi mamá. Las matemáticas son simples, creer en tres cosas significaba más regalos. Sin embargo, con el pasar de los años me resultó más complicado sostener esa creencia.

Un día, casi en intervención, me sentaron en la sala, toda mi familia estaba frente a mí, mi madre lloraba y en mis pies tenía los recibos y facturas de las casas de empeño. Callado, tímido e inocente, con la mirada de un niño de 17 años les pregunté que qué sucedía. Mi tío, el hombre mayor de la familia, me tomó por los hombros y me dijo “Santa Claus ni los Reyes existen, todo este tiempo hemos sido nosotros pero ya no podemos con esto”. Desde entonces, las navidades ya no son lo mismo, ya que mi madre ahora solo me da una caja y dentro de ellas los recibos de los intereses que sigue pagando.

Y claro, con la edad también se perdieron otras: el ratón de los dientes, amigos imaginarios, los esquimales, etcétera. El hecho de creer nos ayuda a encontrar sentido al mundo y a nuestra existencia (muchas veces).

Personas estudiosas, de esas que uno conoce y cuando habla de ellas con otras personas dice “nombre, esa persona sabe muchas cosas”, han dicho (entre otras cosas seguramente) que las personas han construido su realidad e interpretaciones de ella con base en observaciones e inferencias equivocadas pero comprensibles.

Evidentemente se refieren a las primeras comunidades y aldeas humanas en donde el homo-sapiens tenía una mente impulida y tosca. Esto, y después de buscar el significado de varias palabras en el diccionario, quiere decir que como especie estamos casi programados a buscar patrones, explicaciones, que nos hagan entender el mundo en el que estamos. Y que, a veces, por pensar demasiado aprisa para darnos tranquilidad, podemos concebir ideas erróneas y nadie está excento de eso pero ¿qué tan malo es creer en algo erróneo/falso/parcial si ésto nos da una satisfacción? ¿quién podría culparme por creer en Santa Claus y los Reyes Magos hasta los 17 a cambio de más regalos?

Al igual que mis creencias afectaban a mi familia (principalmente a sus bolsillos), las creencias de los otros pueden afectarnos a niveles mucho más profundos, creando injusticias, desigualdades y, en palabras cortas, no dejando a otros ser felices.

Pero, al igual que esas aldeas con una población de mente impulida y tosca, el diálogo -el origen del lenguaje-, significó el avance a sociedades más sólidas y en constante cambio. En la actualidad hay demasiado de todo en debate y debe seguir por esa vía, para cambiar los escenarios y que las creencias de otros no se impongan por mero capricho y conveniencia.

Lo único que nos queda es tratar de ser empáticos con las creencias de los demás y,  sobretodo, tener la apertura para escuchar otras formas de pensar y aceptar que el mundo cambia y que nada en el universo se mantiene estático. Se trata de entablar un diálogo y evitar la confrontración y más con el uso de adjetivos que apelen a la inteligencia de las personas. Al final, eso solo provoca un rechazo hacia nuevas formas de concebir el mundo, hace que una persona se abrace más a sus creencias y que, pese a qué lo agarren por los hombros, lo sacudan para decirle que Santa no existe, en cada navidad sea el amargado que dice “esta festividad es un invento del capitalismo, chinguen a su madre todos”, mientras llora por su falta de regalos.

Un 25 de marzo nació Carlos Ernesto Martínez, estudiante de Ciencias Políticas, entusiasta de la divulgación científica y enunciativo del humor. Feliz lector, ferviente de la escritura y furibundo constante. Considera que la consciencia es comunidad en una comarca compartida.

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